Monarquía Perpetua

C16: Piratas

Sentada con las piernas juntas y los brazos cruzados buscando calor, observaba al pirata Woods, quien se inclinaba sobre el escritorio sin apartar la vista de mí.

—¡Ja! Parpadeaste —me señaló con una sonrisa burlona—. Vamos, di algo, princesa.

Era la tercera vez que me lo repetía desde que habíamos entrado en su camarote.

—Alguien de mi tripulación te escuchó llamarme. ¿Acaso no tienes nada que decirme? ¿O las sirenas te robaron la lengua? —su risa grave resonó en la habitación, y en mi mente revivió la imagen de los cadáveres encerrados como simples trofeos olvidados.

—Quiero competir —dije, recordando las palabras del bufón.

—¿Competir? —el pirata se dejó caer en su trono de piel, frunciendo el ceño—. ¿Quién te ha metido esa idea tan absurda?

—El bufón.

—¿El bufón? —repitió con una carcajada seca, como si aquello fuera la peor de las bromas—. Niña, aquí no hay ningún bufón. Salvo tú, claro está.

—Mi compañero de celda. Él estaba atado —revelé con firmeza.

—Solo tú estabas en esa habitación —su ceja arqueada me hizo dudar de mi propia memoria—. El agua te llegó hasta el cerebro —se burló, antes de levantarse y rodear el escritorio hasta quedar detrás de mí.

Sus manos cayeron sobre mis hombros. Se inclinó, su aliento mezclado con ron rozaba mi oído.

—Haz todo lo que te ordene o terminarás como una de ellas. No querrás volver a sentir tus pulmones llenos de agua, ¿verdad, princesa?

Una daga brilló en su mano. Con ella acarició mi húmedo cabello, como si intentara peinarlo con la hoja afilada.

—¿Qué es lo que buscas? ¿Para qué me necesitas? —disparé con la voz temblorosa.

—Tranquila, alteza —se separó de mí, ocultando la daga tras su espalda como si nunca hubiese existido—. Solo un pequeño favor.

Su sonrisa torcida regresó mientras tomaba aire.

—Mi tripulación está incompleta —confesó el pirata —. Necesito a una persona de alma y corazón sincero. Un joven príncipe me dijo que tú tienes ambas. Quizá lo conozcas.

—Maldito —escupí entre dientes, sintiendo cómo la furia me quemaba por dentro.

—No te enojes con él —replicó Woods con una sonrisa socarrona—. Fue solo un pequeño trato que hice con su padre. —Se encogió de hombros, como si hablara de algo trivial.
Su expresión cambió de pronto, exagerando un gesto de falsa compasión.
—Si te hace sentir mejor, incluso yo me enamoré de él. —Frunció los labios en un puchero burlón.

Sentí un dolor punzante en los dedos por la fuerza con que cerraba los puños. Descubrí medias lunas marcadas en mis palmas, rojas y profundas que mis propias uñas habían dejado en la piel.

—Te necesito, princesa. No es por menospreciar a mi gente, pero un pirata no posee esas cualidades tan peculiares. —Su sonrisa ladeada no dejaba lugar a dudas—. ¡Quiero a mi tripulación de vuelta!

—¿Qué es lo que ha pasado con ella? —pregunté, intrigada por su respuesta.

—Demasiada información para una tarea tan simple, alteza. —Su tono cortó el aire como una espada.

La ronda de preguntas y respuestas había terminado. Odiaba la incertidumbre, detestaba no saber lo que ocurría a mi alrededor, y aún más cuando formaba parte de ello.

—Tu trabajo es simple. —Suspiró Woods, dejando caer sobre el escritorio un mapa viejo, sus bordes desgastados por el tiempo—. La isla de las Perlas, el hogar de todo buen marinero.

***

Narrador

El capitán Woods habló con esa seguridad que solo los mentirosos saben fingir. Él la guiaría por los senderos ocultos de la isla, atravesando la selva hasta llegar a la Cueva de los Susurros. Allí, según dijo, una fuente resplandeciente aguardaba. Su agua, impregnada con la misma magia ancestral del norte.

—Bastará con que te sumerjas —explicó con voz grave— y desees la liberación de las almas de mi tripulación.

Woods le prometió que estaría a salvo bajo su protección, pero no podía confiar en las palabras de un pirata, por lo que de algún modo tendría que idear un plan para escapar.

La princesa le contó que en su reino existía un arroyo capaz de cumplir deseos, aquel en el que Kerim le había entregado besos falsos. Intentó convencer al pirata de que la llevara de vuelta a su hogar, pero él solo insistía, una y otra vez, que únicamente la fuente podía realizar un acto tan poderoso.

Woods le asignó un camarote provisto de las más finas comodidades. La princesa se sentó en el borde de la cama, tan suave, tan cálida, que contrastaba con el frío que llevaba dentro. Aquella sería la prisión donde pasaría las tres peores noches de su vida. Al menos era mejor que estar muerta, se repitió hasta que cayó dormida.

La lluvia se detuvo durante la noche, con el cielo despejado el sol comenzaba a salir. Los piratas anunciaban con alegría un nuevo día.

Al otro lado de la habitación, colgaba de un gancho sobre la puerta del armario un conjunto interesante: pantalones de cuero negro con telas que caían a modo de cola, una blusa blanca adornada con grandes olanes y un corsé de cuero color café. Debajo de todo ello, un par de botas de un café oscuro descansaban sobre la otra.



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En el texto hay: piratas, magia, reino medieval

Editado: 18.04.2026

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