Monthar: El Legado Maldito

Capítulo 2

Jesther

El trayecto hasta Leryon fue bastante tranquilo, mi padre decidió ignorar mi presencia y ponerse a leer un libro sobre guerras, una que otra vez me dirigió la palabra pero no era por mucho tiempo.

Yo me enfoque en mirar las calles de Synder, todas llenas de color rojo y negro, algunas casas eran grandes otras pequeñas, habían pequeños puestos de comida, tiendas de ropa, librerías, joyerías, mercados repletos de gente, es muy fácil percibir la división social del reino, pues los más ricos llevan finas ropas y joyas extravangantes mientras que los más pobres su ropa se adecua a su presupuesto y sus joyas por mucho llegan a ser de planta, si es que no son de plastico.

Mientras la caravana real avanza muchos voltean a mirar, unos miran con orgullo y una pizca de arrogancia, otros miran con odio y gritan cosas en contra de su rey. Mi padre me han enseñado que no se puede tener a todos contentos con nuestras decisiones, con nuestro mandato, a algunos las leyes los perjudica como existen otros que los beneficia de hay la división social y los diferentes estractos de vida.

—No prestes atención a nada de lo que dicen. Son personas con un cerebro muy pequeño como para saber el por que de nuestras decisiones— giro la cabeza encontrándome con los ojos verdes y grandes destellos amarillos de mi padre, quien ha dejado el libro a un lado, lo miro con atención detallando su apariencia luce tranquilo muy pocas veces se le ve de esa forma, pequeños mechones de cabello caen por su rostro mientras el resto esta muy bien peinado detrás de sus orejas, hay pequeño rastro de barba y bigote qué lo hace lucir mayor, su piel trigeña es decorada por pecas blanca, todos dicen que soy casi la copia exacta de el y tienen razón, aunque claramente yo soy más guapo—no es hora de admirar mi belleza querido hijo— una risa burlona sale de su boca, me acomodo en el asiento mientras mi rostro se vuelve serio.

—Tu comentario no tiene ni pizca de gracia.

—Eso no importa ahora. Lo que te estaba diciendo, tienen un cerebro muy pequeño. Puedes lanzarles un par de monedas y verás como muchos de ellos se arrastraran en el suelo por ellas— mete la mano dentro de su abrigo, sacando una pequeña bolsa con monedas, extiende el brazo sosteniendo aquella bolsa y me la ofrece— hazlo y compruebalo por ti mismo.

Miro la bolsa y luego a el, lo dudo unos segundos y tomo la bolsa, abro más las cortinas dejandonos completamente a la vista de las personas.

—Estas monedas son un regalo de su rey— grita mi padre mientras yo comienzo a lanzar las monedas, veo que los carruajes qué nos siguen hacen lo mismo. Y tal como mi padre lo dijo muchos comienzan a lanzarse al suelo por aquellas monedas— ves lo que te digo.

Asiento terminando de tirar las monedas, solo son monedas y prefieren perder toda su dignidad arrastrándose para recogerlas, se que nos las necesitan tanto pues no existe una persona en este reino que se acueste sin tener sus tres comidas, pagar sus impuestos o comprar lo que necesiten en su diario vivir pero al igual que su rey la avaricia vive en ellos y siempre quieren más y más no agradecen lo que tienen, gente estúpida.

Me acomodo otra vez en el asiento asqueado por la escena, la molestia es visible en mi rostro, la sonrisa arrogante de mi padre lo confirma.

—Ten, ponte a leer en vez de estar mirando la estupida calle— me pasa un libro, no el que estaba leyendo claramente, lo tomo y abro sus hojas para comenzar a leer.

●●●

Majestad, hemos llegado— informa el chófer en un grito mientras el carruaje se detiene.
—Al menos esta vez si supieron escoger el reino— mi padre cierra el libro tirandolo a un costado, estira sus piernas y se levanta para bajar, yo voy detrás de él. Al bajar me encuentro con el gran palacio de Leryon, es grande y verde, horriblemente verde lo único hermoso de el son la esculturas hechas en oro, su fuente y el jardín. Avanzamos hasta lo que es la entrada del jardín donde nos reciben el rey Edgan y su hijo el principe Phillip.

—Rey Argellius, principe Jesther—saluda el rey Edgan y Phillip haciendo una reverencia.

—Rey Edgan, principe Phillip— saluda mi padre mientras ambos hacemos una reverencia.

—Pasen, pasen. No se queden hay quietos— el rey Edgan nos guía hasta dentro del palacio. Las puertas de oro gigantes nos reciben guardias formados en dos filas hacen sus reverencias, observo a mi alrededor las paredes verdes con hojas talladas en ellas, pequeñas lámparas y enormes ventanales que iluminan fuertemente los pasillos un olor se extiende por todo el castillo, hierba buena, es relajante aunque prefiero el olor a menta. Los reyes caminan adelante y a mi lado se encuentra el principe Phillip en total silencio con un libro en su mano, tiene la piel trigueña y brilla como si hubiera escarcha dorada en ella, su cara es redonda y su expresión es seria, me fijo en las manchas blancas qué adornan todo su cuerpo, son extrañas pareciera que unas partes hubiesen perdido color.

Intento ver sus ojos pero la posición en la que nos encontramos caminando no me lo permite, me da curiosidad ¿Por que usará lentes? En ese momento se me ocurre una idea paso las manos atrás de mi espalda y muevo uno de mis dedos en círculo y una luz roja en forma de serpiente rondea al principe de pies a cabeza hasta llegar a la altura de sus lentes haciéndolos caer, la luz desaparece y yo rápidamente miro al frente aguantando la risa que quiere salir de mi boca.

—¿Qué sucede Phillip?— mi padre y el rey Edgan voltean al escuchar el golpe de los lentes del príncipe.

—Nada padre, solo se cayeron mis lentes— este se agacha y los recoge, colocandoselos nuevamente, se levanta y su mirada va directo hacia mi, cree que fue yo pero no tiene para comprobarlo. Sonrió arrogante mientras el me mira con fastidio miro de reojo a mi padre quien me mira orgulloso, se que no les cae bien este par.

—Bueno. Phillip ve con el principe Jesther donde los demás, los reyes tenemos cosas que hablar.




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