Monthar: El Legado Maldito

Capítulo 11

Kanea

A veces es agotador pelear con los hombres del consejo. A pesar de los años han pasado ellos siguen en desacuerdo con que yo heredé el trono completamente sola, quieren casarme y en parte ese es el acuerdo que hizo el rey Isael junto a mi padre, me alegré un poco que me casaran con mi mejor amigo y no con un noble inútil de mi reino, aunque odio el hecho de que me quitarán mi libertad.

Cierro las puertas de la sala de reuniones en un intento de escapar de todos esos hombres, quisiera matarlos, pero mi padre los necesita y aunque me cuesta admitirlo, yo también los necesito.

Corro escaleras arriba, quiero ir a la terraza a distraerme un poco y olvidar las miradas juzgadoras de todos ellos.

—Princesa Kanea— volteo para mirar quien me llama, aunque reconozco esa voz a miles de kilómetros.

—Príncipe Jesther, ¿Qué se le ofrece? — me apoyó del barandal de las escaleras, Jesther chasquea la lengua.

—Quiero hablar con usted y ofrecerle una disculpa por mi comportamiento de ayer— frunzo el ceño.

— ¿Se encuentra usted bien? ¿Está enfermo? —su rostro se vuelve serio.

—Aunque no lo crea soy un hombre educado.

—Mm... —cruzó los brazos esperando las disculpas que parecen que no van a llegar. Lo veo suspirar y sus hombros se relajan...

—Perdóneme, no debí comportarme de esa forma. Usted solo pregunto y yo respondí de mal forma— una sonrisa se escapa de mis labios.

—No sonría que se ve horrorosa.

—Sus halagos son raros.

—No fue un halago.

—¿Ah no? Bueno de todas formas, gracias— blanqueó los ojos y sigo subiendo las escaleras.

—Kanea, espere— comienzo a correr, me da gracia escucharlo correr detrás de mí y más aun cuando me pierde de vista y se queda refunfuñando solo.

Esta vez no es así logra alcanzarme y me detiene agarrándome del brazo.

—¿Puede dejar de correr?

—No.

—Parece una niña pequeña.

—Soy una niña pequeña comparándome con usted.

—¿Está diciéndome viejo?

—Tal vez.

—No estoy viejo.

—Pero me lleva seis años— intenta sonreír, pero reprime aquella sonrisa mordiéndose su mejilla interna.

—Usted es una mujer de veinte años. Así que usted no es una niña como dice serlo.

Pero existe otro aspecto en donde si me consideran una niña— subo y bajo una ceja mientras sonrió. Jesther analiza mis palabras por unos segundos y cuando parece entender me mira con un poco de asombro y niega con la cabeza.

—Pero eso no le quita que tiene veinte años así que compórtese como una mujer adulta.

—Si no quiero hacerlo no lo hago.

—Dígame mejor ¿A dónde va?

—A la terraza a escapar de los hombres.

Arruga la nariz con desagrado.

—¿Eso significa que también esta huyendo de mi?

—Si— continuó con mi caminó.

—¿Va a estar en la terraza?— grita.

—Acaso no me escuchó o es sordo- lo miró por encima de mi hombro.

—Bueno— no dice nada más y se va, bajando las escaleras, encojo los hombros y sigo con mi caminó, en unos segundos llegó a la terraza, me quitó las botas y me siento en un sillón mientras la leve brisa golpea mi cara y mi cabello, me relajó tanto que cierro los ojos disfrutando de mi soledad.

—E vuelto— escuchó esa horrorosa voz que parece no irse nunca. ¿Porqué acepté que el príncipe del reino enemigo se quedará en mi palacio? El libro, necesitó ese libro, es de mis favoritos y no lo pienso perder.

Suspiró con frustración y abro los ojos para encontrarme con Jesther, suelto una carcajada mientras lo observó.

—¿Me veo increíble, verdad?

No puedo parar de reír y podría decir que casi me privo, lo detalló, tiene una camisa en la cabeza que cubre todo su cabello y tiene una de mis faldas, le queda corta gracias a la diferencia de estatura.

—Kanea, respire, la necesitó viva para poder molestarla.

Mi risa se desvanece en ese justo instante, maldito hombre.

—¿Porqué tiene eso puesto?

—Usted dijo que quería escapar de los hombres ¿Cierto? — asiento y me inclinó hacía al frente.

—Bueno pues me vestí de mujer para poder estar con usted— se sienta a mi lado y cruzando sus piernas— ¿Qué hacía?

—Esa es la cosa más ridícula que he escuchado en mi vida.

—Es que soy el rey del reino de los bufones, ¿No se lo había dicho?- cruza los brazos detrás de su cabeza mientras mira el paisaje.

—No se supone que el rey es Ericko...

—Cállese.

—Vaya que hombre tan educado— subo y bajo ambas ceja para levantarme a agarrar dos botellas de vino, les quito el corcho y me acercó a Jesther ofreciéndole una.

— ¿Para mí?— se lleva una mano al pecho y finge sorpresa.

—No. Mejor me la quedó yo— me la quita y da un largo trago.

—Usted no se aguanta ni un chiste— veo como blanquea lo ojos mientras toma de su botella, imito su acción.

—No, no soporto los chistes.

—¿Porqué?

—En este palacio no es común que hagan uno y cuándo lo hacen es para burlarse de mí. Además, cuando era pequeña siempre me prohibían reír— me siento y veo en el cielo un pequeño rastro de color rojo en medio de su color azul, frunzo el ceño, eso nunca había pasado, nunca lo había visto.

—No es normal que el cielo tenga ese color ¿Verdad? —Jesther se ve igual de confundido, niego con la cabeza, que significa ¿Debería ir a mi oficina a buscar entre los libros una explicación lógica? Debería hacerlo realmente.

—Se va a acabar el mundo y yo ni herederos pude tener— toda preocupación que había de mi mente desaparece con ese comentario, que hombre tan ridículo por amor a Monthar.

—Usted si que es un payaso— muerdo mi labio inferior intentando no sonreír, quería relajarme y con las estupideces de Jesther lo estoy consiguiendo, aunque no sé lo dejaré ver.

—Por algo le digo que soy el rey de los bufones.

—Pues comienzo a creerle— niego con la cabeza mientras una tonta sonrisa se escapa de mis labios, veo por la boquilla el interior de la botella llena de vino y tomo otro sorbo.




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