Jesther
Salimos del palacio; los guardias de la entrada me miran con recelo, algunos se masajean la cabeza y otros me muestran sus espadas en forma de advertencia. Si piensan que pueden asustarme, pues no lo hacen; solo crean una percepción ridícula ante mí.
Subimos a un carruaje; lo veo alejarse de la ciudad mientras nos adentra a una especie de bosque. Huele horrorosamente a sangre; comprendo que debe ser algún bosque maldito o que alguien con bastante poder es el dueño. Avanzamos entre árboles, los cuales parecen que nos observan o, más bien, nos observan; tienen dos enormes círculos tallados en el tronco; estos se mueven a medida que avanza el carruaje.
—¿Los árboles tienen ojos? —No puedo con tanta curiosidad; nunca antes había visto algo así en mi reino o al menos no en lo poco que conozco de él. Tal vez debería salir a explorar y no quedarme en el palacio como a una princesa que le prohíben que salga.
—Sí, este es el bosque maldito de Synder. —Ella luce encantada con lo que hay alrededor; no lo niego, es hermoso, excepto por su olor.
—Nunca había oído de él. Es bastante hermoso, pero su olor no me agrada tanto. —Arrugo la nariz y ella suelta una pequeña risita.
—¿Usted también siente el olor a la magia?
—Sí, y con esa pregunta deduzco que usted también.
—Está usted en lo correcto. ¿Cómo lo logró?
—Gracias al libro que usted me prestó Es verdad que contiene muchos datos sobre la magia. —Asiente; sus ojos se mueven entre el paisaje y mi persona.
—¿Y usted cómo lo descubrió?
—También por el libro, aunque le confieso que al principio el olor me daba náuseas y me arrepentí de haberlo leído.
—Tenía que ser mujer. —Arranca un arándano de uno de los árboles para poder lanzármelo; el árbol gruñe molesto, pero a ella parece no importarle nada.
—¿Puedo hacerle una pregunta sin que se moleste? —Preguntará sobre mi madre, es lo más seguro; he aprendido que esta mujer es imprudente y suelta las palabras sin ningún tipo de advertencia; no le importa, solo las hace y no es consciente de que la otra persona se siente incómoda o no con sus palabras. Al menos recuerda mis palabras; sirvió mi advertencia.
—La pregunta tiene que ver con mi madre, ¿cierto? —asiente, suspiro y le hago un ademán para que hable.
—El día que su madre murió, ¿llevaba algún collar? —Mi cuerpo se tensa, arqueo una ceja mientras mi rostro se pone serio ante el recuerdo que llega a mi cabeza. Un collar, claro que llevaba un collar; se veía hermoso alrededor de su cuello y ayudaba a resaltar su piel pálida.
—Sí, ella llevaba un collar muy valioso. —Frunce los labios; yo cruzo mis piernas intentando demostrar calma. ¿Ella lo sabe? ¿Tendrá idea de que su padre fue el asesino de mi madre?
—¿Cómo era?
—Tenía forma de una serpiente, tenía diamantes rojos en forma de flores, estaba hecho en oro blanco y de la cabeza de la serpiente colgaba un rubí muy grande con su nombre tallado en la parte de atrás. —Su rostro palidece y sus ojos horrorosos se abren con sorpresa; desvía la mirada al paisaje. Abro la boca y justo el chofer grita.
—Hemos llegado. —Se baja con apuro; intento retenerla agarrándola del brazo, pero mi intento es en vano; bajo del carruaje detrás de ella. Avanza hacia un lugar cercado; algunas personas se encuentran allí. No es una multitud muy grande ni muy pequeña; parece que hacen fila. Se percatan de la presencia de la princesa y hacen una reverencia. Me acerco a ella cuando me hace un gesto para que lo haga; las personas abren los ojos mientras paso por el medio de todos estos.
Mejoró mi postura dando pasos lo suficientemente lentos como para que puedan admirarme, admirar al príncipe del reino enemigo; susurran unos con otros, otros me hacen reverencia. Entro en el lugar y veo un lago congelado donde la gente se desliza sobre él. Me detengo para observar el panorama; hay personas ancianas hasta niños en aquel lago, ¿cómo hacen eso?
—Oiga, avance rápido. —Su rostro delata el desespero que tiene por avanzar. Me quedo quieto y cruzo los brazos; ella se acerca y se pone detrás de mí. Siento sus manos en mi espalda para comenzar a empujarme. Si usa su magia o no, no lo sé; el lugar por sí ya tiene ese olor característico de la magia.
—No me empuje, que no soy un burro. —Dejó que lo haga; no moveré los pies. Que me ayude a llegar. En este justo momento me ha dado flojera caminar. Cruzó un pie sobre el otro para así poder dejar caer todo mi peso sobre ella; lo soporta, pues no la escuché hacer fuerza.
—Lo sé, usted tiene orejas y unos dientes más bonitos. —Una sonrisa arrogante se asoma en mi rostro mientras veo a una pareja pasar por nuestro lado y, ante tal comentario, abren los ojos con sorpresa.
—¿Eso es un halago?
—Tómelo como quiera.
—¿Soy hermoso, verdad? —la observó sobre mi hombro; ladea un poco la cabeza para verme.
—Tal vez. —Me enderezó, la jaló de un brazo y muevo mis pies para caminar. La arrastró detrás de mí y escuchó el sonido de sus botas casi corriendo.
—Oiga, no se le olvide que mis piernas son más cortas.
—Pues siga corriendo. —Siento un fuerte jalón, tambaleo y caigo al suelo; el golpe no es fuerte, pues el suelo es suave. Palpo el suelo debajo de mí, siento una capa gruesa de algodón, tomo entre mis dedos un pedazo; tiene una apariencia similar a la del pasto, solo que extremadamente suave y frágil. Juego con él entre mis dedos y se disuelve, convirtiéndose en arena verde.
—¿Cómo hace eso?
—Con magia. —Me observa como si fuera un niño tonto que no sabe nada; yo la miro con incredulidad. Magia... Vaya, no sabía, pensé que se hacía con agua y polvo de hada, bueno, si es que existe.
—¿Me ayuda a levantar? —Estiró mi mano en busca de ayuda; puedo hacerlo solo, pero tengo algo en mente. Duda unos segundos antes de blanquear los ojos y estrechar mi mano con un pequeño jalón; me ayuda a levantarme. Justo antes de incorporarme por completo, doy un casto beso sobre sus labios; se sobresalta dando un paso atrás, abre los ojos dando la impresión de que son mucho más grandes de lo que ya son. Las comisuras de mis labios se levantan, giro sobre uno de mis pies para seguir con el rumbo; los murmullos no tardan en llegar, gente tan metiche, ¿cómo los soportan? ¿Así serán los de mi reino todo el tiempo? Esperó que no.