Jesther
Una manta me cubre dándome su calor; reposo en un colchón muy suave. Una mano roza mi frente; tiempo después, una toalla mojada con agua tibia se posa sobre mi frente. Abro los ojos poco a poco, acostumbrándome a la luz de la habitación.
Lo primero que encuentro en mi visión son unos largos rizos con mechones castaños y blancos; está de espaldas mientras en sus manos sostiene un pergamino y unos frascos con líquido de diferentes colores.
—No pienso volver a tomarme esa porquería —voltea para darme la cara.
—Tristemente le toca. —No seré la culpable de su muerte. —Camina hasta mi lado y se sienta en la cama, toca la toalla en mi frente comprobando su temperatura; veo cómo deja los frascos encima de la cama, al igual que el pergamino.
—¿Qué dice ese pergamino?
—Es la fecha de mi boda —respira frustrada, sus hombros decaen.
—¿No quiere casarse? —agarró el pergamino para leerlo.
—Una princesa, que vive rodeada de machismo, donde la quieren ver solo como una compañera y una fábrica de herederos, claramente no lo va a querer.
—¿Su padre sabe de eso? —Asiente; los rizos caen sobre su rostro, ocultando su perfil. Muevo mi índice izquierdo en un círculo; crea una pequeña brisa, quitando los rizos de su rostro. Abro los ojos. ¿Desde cuándo puedo hacer eso? Suelta una risa débil.
—Lo hizo muy bien, no le tenía fe. Pero me sorprendió. Veo que empuña su mano mientras contiene la burla que es evidente en sus comisuras. ¿Se está burlando de mí acaso? ¿Qué clase de hechicero me cree? Muevo nuevamente el dedo, veo una cadena roja rodear su cuello, aprieto el dedo y la cadena comienza a ejercer presión; su piel se arruga. Ella me da un puño en el estómago, jadeo y la cadena desaparece.
—No abuse o lo mataré mientras duerme. —Su tono es de advertencia. No de amenaza, me señala con un dedo, luego agarra uno de los frascos y me lo ofrece. Arrugo la nariz en una expresión de asco; lo acerca más a mi rostro, no me queda de otra más que recibirlo. Lo destapo bajo la mirada enojada de Kanea, lo tomo de un solo trago; el ácido de aquel líquido quema mi garganta, hago una arcada y ella me da una bofetada.
—Ni piense vomitarlo o le daré seis más. —Le devuelvo la bofetada; no dejaré que me golpee. Eso parece enojarla más. Le molestó lo de la cadena, pero no es mi culpa; el ser malvado lo llevaba en la sangre. Las historias que me contaba mi padre Synder tenían mi misma personalidad y era malvado con todos sus hermanos; esa fue una de las razones por las cuales terminaron en una gran guerra; ya todos estaban hartos de él. Kayark comenzó una discusión a la cual todos se fueron uniendo y, bueno, lo demás ya es historia.
Me quedó esperando un golpe que parece que no va a devolverlo. Se levanta molesta; el movimiento provoca que la falda de su vestido se sacuda con fuerza. Sale de la habitación cerrando las puertas con tanta fuerza que el suelo sufre un sacudón.
Miro el pergamino nuevamente: "16 de junio". Queda un poco más de un mes para la boda.
Quito la manta que me cubre, me levanto; el suelo frío recibe mis pies. Muevo los dedos antes de avanzar, me miro al espejo y noto el atroz pijama que me cubre; es de color azul, un azul tan chillón que me arden los ojos con solo verlo. Al menos es de mi medida. Encuentro unas pantuflas, me cubro los pies con ellas y salgo de aquella habitación. Algunos guardias salen, corren por los pasillos; el ruido de la lluvia, los truenos y la luz de los rayos llegan a mis oídos y ojos. Me acerco a un ventanal con curiosidad; el cielo se tiñe de rojo junto a un pequeño toque de azul. Los rayos caen con tal fuerza que, al chocar con el suelo, salen chispas.
—Alteza, aléjese de las ventanas. —Una mujer bastante mayor se me acerca; su rostro delata la preocupación que gobierna su ser, su cuerpo tiembla y suda frío. La obedezco con apuro; cierra las cortinas; caen y caen rayos cada segundo que pasa, más guardias que corren sin parar.
—¿Qué sucede? —La mujer se palidece de inmediato, cruzó los brazos mientras arqueó una ceja.
—Eso no es algo que me competa a mí decirlo. —Habla tan bajo que me toca inclinarme un poco para escucharla.
—Pero sabe lo que sucede. —La mujer asiente con miedo, bajo mis brazos y entrelazo mis manos, muevo mi meñique con disimulo; las luces brillantes comienzan a girar. Se acerca la mujer, una se mete en su cabeza, las pupilas de aquella anciana se dilatan y su cuerpo se relaja. —¿Qué es lo que sucede?
—Monthar está dando una advertencia, una...
—¡Jesther —¡Qué hace acá! —La voz de Angust me alerta; suelto a la mujer, quien se desmaya. Angust la mira preocupada y luego me mira con rabia, empuña sus manos, respira con fuerza y sus fosas se dilatan a medida que suelta el aire.
—Soy invitado de su hija. —Entrelazo los brazos detrás de mi espalda; vaya manera de presentarme frente a ser que más odio.
—Demuéstrelo. —Cruza los brazos y se recarga en un pie mientras el otro está apoyado sobre el talón; lo mueve de un lado a otro, me desafía indirectamente, maldito rey.
—Para eso tendría que ir a mi habitación.
—Hágalo, tráigalo rápido; lo espero en la sala del trono. —Gira y su capa se ondea; camino con rapidez hacia la habitación, busco en mi baúl ropa decente para ponerme y el pergamino con el permiso. Caminó hacia la sala; raramente no hay guardias en la puerta. La puerta no está completamente cerrada, dejando una pequeña rendija que me deja escuchar las voces que hay adentro.
—¿Cómo puedes permitirlo, Kanea? Jesther es un peligro, hija mía.
—¿Por qué ¿Qué sucede? Puedes decírmelo, padre, yo puedo ayudarte.
—Perdóname, hija, sé que eres fuerte y que tu magia es muy buena. Pero eres mujer, y aunque te cueste admitirlo, eso te hace débil.
Abro la puerta y entro de manera casi triunfante. Angust gira dándome una mirada de profundo odio; mis ojos se van detrás de él. Kanea está sentada en el trono, atada por alguna extraña razón que no conozco; sus ojos se encuentran con los míos, me pide ayuda para que la libere; la ignoro, ella no me importa ahora. Le paso el pergamino a Angust, lo raspa y lo lee, arruga el pergamino hasta hacer una esfera con él, la lanza a un lado, se acerca; yo me quedo quieto en el mismo lugar. Le gano por unos centímetros, pero parece que usa unas botas que lo dejan a mi misma altura.