❛ ━━━━━━・❪ ❁ ❫ ・━━━━━━ ❜
Mis viajes favoritos siempre fueron largos, en donde el tiempo mismo no se siente mientras que las letras revolotean ante mis ojos y me hacen viajar a nuevos mundos antes de desvanecerse al cambiar de velocidad o dirección. Levanto la cabeza del libro que me había consumido totalmente al sentir cómo poco a poco el tren frenaba y las personas a mi alrededor caminaban rumbo a las puertas, abarrotándolas. Guardo el libro en mi bolso y me uno a esa cola de gente, donde el olor a sudor, grasa quemada del tren y perfume dulce eran la esencia que inundaba todo. Bajo junto a ellos, chocando con los que entraban.
Las personas chocan unas con otras, apuradas por el acelerado paso que se lleva en ese lugar tan conocido y a la vez ajeno. Sus rostros en blanco, como dibujos sin terminar.
Me siento unos segundos en una banca de cemento, observando cómo todo, de tan tranquilo que está, se vuelve caótico en un instante. Un policía inmovilizando a un hombre, un bebé llorando y una madre que en su lenguaje intenta detener el caos en el vagón. La gente chusma observa en silencio; otros intentan detener al oficial que parecía buscar aquel lío. Me sorprende cómo la propia autoridad que se supone debía defender, atacaba sin justificación...
—¿Por qué la gente es así? —preguntó en un susurro acongojado, con la poca fuerza que tenía para hablar ante tales imágenes que no podía evitar atestiguar, parándome despacio, buscando retirarme en silencio.
—Porque la más mínima pisca de poder puede corromper hasta al corazón más noble —responde Adán, volando a mi lado, agitando sus lindas alas blancas.
Esa respuesta era algo decepcionante, pero real.
Detengo mi paso al salir del andén, mirando hacia arriba y notando las palomas que atestiguaban todo desde las alturas. Ellas eran las dueñas de esa estación, donde había siglos y siglos de historias. Quiero creer que reconocen más de un rostro allí presente, conocen más de lo que dicen, guardando los secretos más oscuros nacidos allí.
No puedo evitar reírme ante tales ideas que logran vagar por mi mente.
—Ellas lo saben, ¿no? —miro a Adán, que se había posado en mi hombro, observando también a las palomas que también lo miraban.
—Sí, ellas saben —dice antes de volver a volar y guiarme hasta abajo del reloj, donde miles de veces pude estar, pero siempre evitaba verlo.
Comienzo a pensar en lo lindo que fue, lo lindo que es y lo lindo que seguirá siendo durante siglos. Un reloj dentro de un castillo, un castillo que conserva esas historias que las palomas ocultan. Camino silenciosa, admirando esa estructura salida de un cuento de hadas, admirable, majestuosa. Recorro lo que recorrí por mucho tiempo, exploro donde antes tenía miedo de hacerlo, busco a alguien de rostro que no conozco.
Todo se veía nuevo y viejo, con la estructura original de la estación, pero con renovaciones que la hacían más majestuosa...
—No está aquí —afirmó sin saber dónde más buscar, habiendo buscado hasta en las propias vías.
—Vamos afuera —sugiere Adán, que volaba a la salida.
Pienso unos segundos antes de seguirlo, caminando a la salida, donde el aire a contaminación vehicular y orina era una nueva esencia que me traía recuerdos. El cielo nublado, la fresca cayendo poco a poco por la ciudad. Pronto llovería.
Camino entre las personas apuradas que iban y venían; el olor a pancho y gaseosa lograba abrirme el apetito, al igual que asquearme al mismo tiempo... Quería comer, pero mi estómago lograba rechazarlo por la mezcla de tantos olores.
—Vamos, Eli, debemos apurarnos —dice desde una barandilla Adán, que estaba a la espera de que lo siguiera.
No lo dudo ni un segundo, ignorando mi incomodidad estomacal y siguiéndolo escaleras abajo, directo al subte, donde el olor a orina aumentaba, al igual que el de humedad y miedo.
Era increíble la tenue iluminación de ese lugar, digno de una película de terror bien producida. Su ambiente pesado, debido al calor, la sensación de incomodidad por miradas que no iban hacia mí, pero parecían hacerlo. Un subte llegó, personas sin rostro bajaron y otras subieron, yendo y viniendo en una danza coordinada. Sus maneras de andar me hacían pensar que nunca podría acostumbrarme a la vida en pleno centro.
—Eli, Eli, aquí —me llama Adán, parado a un lado de la línea amarilla que separaba la zona de riesgo.
Voy hacia él, sin buscar apurarme, simplemente estando.
—¿La encontraste? —pregunto al momento de pararme a un lado de él, mirando hacia las vías y viendo un pequeño zapato rosa y blanco.
—No, pero encontré algo mejor —asegura.
Se me hacía familiar, muy familiar. Zapato pequeño, como para una niña. Color inocencia, muy bien conservado, casi nuevo.
Mi memoria me llevó a una mañana de invierno, donde había salido con mi madre a turistear a esa gran ciudad. Mi remera de unicornio, mi tutú color cielo despejado, mis zapatitos rosa y blanco. Una combinación digna de una princesa que acompañaba a su madre embarazada, que sonreía con alegría mientras caminábamos por esas calles.
Recuerdo cómo había un perro que ladró fuertemente, una pequeña asustada que en un intento de escapar tropezó y cayó, la manera en que apuradamente me sacaron de las vías y perdí mi zapato.
No lo pienso dos veces, solamente vuelvo a saltar y caer a esas vías donde está el pequeño zapato, agarrándolo con cuidado y observando las mariposas dibujadas en dorado que la adornaban. Era hermoso. Tal y como lo recordaba.
Salgo de las vías y me siento en el borde del andén, donde Adán esperaba.
—¿Y?
—Es mi zapato... Lo perdí hace mucho...
—¿Segura que es tuyo? —inquiere curioso, mirando el zapato en mis manos—. ¿No será de otra niña?
—Muy segura —afirmó mientras lo guardo en mi bolso, mirando a ambos lados.
A la distancia, un hombre de aspecto curioso. Entre tanta gente sin rostro, solo podía ver el de él. Noto cómo roba la billetera de una persona vestida de traje y con portafolio. Seguro la pobre víctima iba en dirección al trabajo. El ladrón nota mi mirada, porque rápidamente me mira y lleva su dedo índice a sus labios pidiendo mi silencio.
#2165 en Fantasía
#1298 en Personajes sobrenaturales
viaje recuerdos fantasia, muerte angustia dolor alma, recorrido ciudad hogar
Editado: 10.02.2026