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Dejo atrás el recuerdo, la promesa, y me hago cargo de mi misión. Paso volando y adelanto a Eli, subiendo a la cima en un simple aletear, mientras que ella solo se tomaba su tiempo para subir en esas escaleras viejas y oxidadas. Llegué antes a la punta, dando vueltas sobre mí mismo, vigilando que nadie se encontrara allí.
Nada, no había nada, pero en el fondo sabía que algo no estaba bien de algún modo. Respiro hondo y vuelvo a bajar, viendo que aún Eli luchaba por subir.
—Rápido que me aburro —digo al caer, llegando al suelo, viendo todo y volviendo a subir como si nada.
Entre tantos lugares que debemos recorrer y tantos recuerdos fragmentados por recolectar, este lugar en particular no tiene ni una pizca de nostalgia para Eli. No existe un pedazo de su alma aquí.
Me siento al borde de la ventana, pensando en lo larga y aburrida que iba a ser la espera. La vista de la ciudad desde aquí era hermosa y valía totalmente la pena el visitar este lugar, aunque no fuera parte del recorrido y solo un pequeño deseo caprichoso de Eli, quien siempre quiso ver todo desde aquí.
Los minutos pasan y, luego de tanto tiempo, Eli logra llegar, algo cansada por la subida, pero se notaba satisfecha y sonriente con su esfuerzo. Igual que ella, no puedo evitar sentir satisfacción al ver esa sonrisa alegre en su rostro por algo que logró ella sola. Era hermosa, era simplemente ella.
—Te tardaste mucho —digo a modo de broma, en un tono de queja que hizo que su expresión cambiara a una de fastidio. —me siento viejo y oxidado. Después me acompaña a cobrar mi jubilación, jovencita —y ella me mira de mala cara, causándome diversión.
No pude evitar reír ante la situación, divirtiéndome por sus expresiones. Hago un movimiento de cabeza mientras río, indicándole un lugar a mi lado donde podría sentarse. Sé que lo piensa y duda si mandarme a la mierda, pero solo le toma segundos suspirar y con una expresión de resignación sentarse a mi lado en la ventana, donde la magia de esta vista toma poco tiempo en llegar y sorprenderla.
Los edificios enormes y la gente como hormigas, las otras palomas volando, el ruido de los autos y construcciones. Una vista monumental, un aire puro y libre de aquel estrés que genera caminar por sus calles. Aquí se podía admirar todo lo que alguna vez ella solo vio, y ahora lo estaba haciendo.
—Es...
Sus palabras parecían desvanecerse en el aire, dejando claro aquel golpe de emociones. Valía la pena, claro que la valía. Observó cómo sus ojos brillaban de emoción y alegría ante aquella vista, algo que nunca pasaba desapercibido para todo aquel que la miraba. Ella era feliz, yo estaba feliz. La paz que le causaba ese lugar se reflejaba en aquella hermosa sonrisa.
El tiempo parece detenerse ante tal imagen ante mis ojos.
Respiro hondo, disfrutando de aquel momento de tranquilidad después del gran caos que aún rondaba en mi mente. Aunque esa calma duró hasta que una sensación de pesadez invadió mi pecho y nubló brevemente mis sentidos.
Giro la cabeza y, ante mí, un par de ojos amarillentos que miraban fijamente a Eli.
—¡ELI!¡CUIDADO! —grito como puedo, pero eso solo logra provocar que aquella sombra avance y la empuje, dejándola caer y atrapándome entre sus garras.
Mi respiración se detuvo al verla caer, y no solo mi respiración. Por una breve fracción de tiempo, sentí como el tiempo mismo se detenía antes de volver a avanzar, pero demasiado lento. Mi cuerpo pronto comenzó a cambiar, dejando caer mis plumas y revelando aquel rastro de humanidad que me quedaba. Cierro los ojos cuando aquella fría mano sombría apresa mi cuerpo, evitando que me moviera.
—Mi pequeña palomita...
Su voz sonaba más aterradora que de costumbre, provocando que un escalofrío recorriera mi cuerpo.
Abro los ojos totalmente aterrado, apretando la mandíbula al ver a un lado de la sombra a una dama. Ella, tan fina y tranquila, me miraba con aquellos ojos brillantes y profundos, de un color negro escalofriante, con un universo de secretos ocultos. Su expresión imperturbable me ocasionó más miedo del que le tenía a la sombra que se encontraba inmóvil sosteniéndome por el cuello, congelada en el propio tiempo que había sido congelado por un breve momento que parecía eterno.
—Hola... s-señorita —saludo como puedo, moviéndome un poco, en busca de poder liberarme.
—Quédate quieto, no sirve de nada moverte —advierte la mujer, acercándose a la sombra y solamente apoyando su mano en la misma, en el hombro de la misma y sonriendo—. Solo te lastimarás.
Cualquier palabra que salía de su boca tenía el poder para calmar a cualquiera, pero en esta ocasión, sus palabras se escuchaban apagadas, como si algo no estuviera tan bien del todo, causando más preocupación en mi alma de la que ya cargaba.
La dama, con una escalofriante sonrisa de lo pacífica que era, se detiene a soplar a un lado de lo que pareciera ser la cabeza de la sombra, provocando que esta comenzara a desvanecerse como si fuera simple polvo de estantería, liberándome y dejándome caer al suelo, sin saber cómo sentirme.
—¿He... fallado...? —pregunto como si la respuesta pudiera de cierto modo aliviarme, buscando cobijo en palabras que quizás atravesarían mi pecho y me harían sentir peor de lo que ya me estaba sintiendo en aquel momento de decepción a mí mismo.
Solo una simple misión tenía, y había fracasado al dejar que viniera a este lugar que no estaba en el mapa, ocasionando que ahora no quedase nada de ella.
—Quizás si, quizás no, quizás quizás, como quizás no quizás...
Sus palabras lograban alarmarme y al mismo tiempo confundirme en medio de aquella situación, pudiendo solo mirarla a ella y a su tranquila expresión, como si acabara de caerse la única razón que me mantenía protegido y eterno en este mundo. Quizás la frustración y decepción se reflejaron demasiado en mi expresión, porque ella simplemente sonrió y puso una de sus manos en mi mejilla, acariciándola con el pulgar, como si de un niño pequeño me tratase.
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Editado: 12.02.2026