Mordida por error, enamorada por accidente.

CAPÍTULO 18 — A plena luz del día.

Me desperté con la boca seca, la cabeza pesada y la sensación incómoda de haber soñado algo importante… y haberlo olvidado.
El sol se colaba por la ventana sin pedir permiso. Demasiada luz para mi gusto.
—Sigo viva —murmuré, llevándome la mano al cuello.
Nada.
Ni sangre.
Ni dolor.
Solo yo. O lo que fuera ahora.
Desde la cocina llegó el sonido bendito de una cafetera.
—¡No te muevas! —gritó Alicia—. Estoy preparando café. El fuerte. El que revive muertos.
—Genial —respondí—. Me vendría bien.
Me senté en la cama, estirándome despacio. Todo se sentía… raro. No mal. Diferente. Como si mi cuerpo estuviera afinado de más. Escuchaba el burbujeo del café, el roce de las tazas, incluso el latido acelerado de Alicia desde la otra habitación.
Eso no era normal.
Nada de esto lo era.
Mi teléfono vibró sobre la mesa de noche.
Número desconocido.
El estómago se me encogió.
Lo tomé con cuidado, como si pudiera morderme.
Mensaje nuevo.
Te vimos anoche.
Tragué saliva.
—Alicia… —dije en voz baja.
—¿Si es sobre café, sí; si es sobre vampiros, no —respondió desde la cocina.
—Es sobre vampiros.
Apareció en la puerta con la taza en la mano.
—Ok. Habla.
Le mostré el teléfono.
Leyó el mensaje.
Parpadeó.
Y se quedó muy quieta.
—No me gusta —dijo al fin—. Nada. Nada de esto.
—A mí tampoco —susurré—. Pero no siento miedo.
Eso fue lo que más me asustó.
El teléfono vibró otra vez.
Queríamos asegurarnos de que despertaras del todo.
—¿Despertar del todo a QUÉ? —exclamó Alicia—. ¡Elena, esto no es romántico, es acoso sobrenatural!
—Lo sé —dije—. Pero escucha… —cerré los ojos—. Hay algo más.
—Por supuesto que hay algo más, siempre hay algo más contigo últimamente.
—Siento… atención. Como si alguien estuviera mirando sin estar aquí.
Alicia se estremeció.
—Hoy no te dejo sola —sentenció—. Salimos. Desayunamos. Caminamos. Mucha gente. Mucha luz.
Asentí.
A plena luz del día, la ciudad parecía burlarse de mí. Todo seguía igual. Personas apuradas, autos, risas, discusiones absurdas. Y yo caminando entre ellos como si perteneciera… y no.
Cada olor era más intenso.
Cada sonido, más claro.
Cada emoción ajena, un susurro en mi piel.
—¿Siempre fue así el mundo? —pregunté.
—No —respondió Alicia—. Tú cambiaste.
Entramos a una cafetería llena. Me senté junto a la ventana.
Error.
En el reflejo del vidrio vi mis ojos: azules, atentos… antiguos.
Y entonces lo sentí.
No detrás de mí.
No cerca.
Observando.
—Alicia —susurré—. No gires.
—Ya giré.
—Genial.
Cuando miré, no había nadie. Pero la sensación seguía ahí. Como un hilo invisible tirando de mí desde algún punto de la ciudad.
Mi teléfono vibró por tercera vez.
Tu padre odiaba que lo siguieran.
El aire se me quedó atrapado en el pecho.
—¿Qué dice ahora? —preguntó Alicia, pálida.
—Que sabe cosas que no debería saber.
Me levanté de golpe.
—Nos vamos.
—¿A casa?
Negué.
—No. Donde haya más gente. Más ruido.
Salimos a la calle.
Mientras caminábamos, el hilo se tensó. Mi cuerpo reconocía una dirección antes que mi mente.
—Elena… —dijo Alicia—. Estás caminando más rápido.
—Nos está guiando —murmuré—. Quiere que lo siga.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Respiré hondo.
Por primera vez desde que desperté con colmillos y secretos en la sangre, no quise huir.
—Voy a ver quién cree que tiene derecho a mi pasado.
El teléfono vibró una última vez.
Esta noche. Ven sola.
Me detuve.
Alicia me agarró del brazo.
—Ni se te ocurra.
Miré al frente.
Al mundo.
A la luz.
Y supe que, pasara lo que pasara, ya no era solo una espectadora.
—No voy sola —dije—. Pero voy.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.