La noche me envolvía como una promesa peligrosa.
Caminé hasta el lugar indicado con el corazón acelerado y la sangre inquieta. Cada paso parecía más pesado, como si el suelo supiera que no debía estar ahí.
—Sigo pensando que esto es mala idea —susurró la voz de Alicia en mi oído, desde el audicular—. Muy mala. Nivel película donde muere la protagonista en los primeros veinte minutos.
—No voy sola —respondí en voz baja—. Estoy bien.
—Eso dicen todos antes del desastre.
Respiré hondo.
El parque estaba vacío. Viejo. Las farolas apenas iluminaban los senderos rotos. La luna se asomaba entre las nubes, observándolo todo.
Y entonces lo sentí.
No fue miedo.
Fue él.
—Elena.
Me giré de golpe.
Corvin estaba allí, apoyado contra un árbol, como si hubiera estado esperando desde siempre. Su presencia me golpeó directo al pecho. Elegante. Peligroso. Hermoso de una forma que dolía.
—Sabía que eras tú —dije, con la voz temblorosa—. Fuiste tú quien me escribió.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—No finjas —di un paso hacia él—. Los mensajes. Las amenazas veladas. El “ven sola”.
Corvin me miró como si acabara de romper algo dentro de él.
—Elena… yo no te cité.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Se acercó despacio.
—Porque llevo días siguiéndote.
Alicia jadeó en mi oído.
—Ok, eso no es romántico. Eso es obsesión premium.
Ignoré el comentario.
—¿Siguiéndome? —susurré.
—No podía dejar de hacerlo —admitió Corvin—. Desde esa noche. Desde que te mordí. No me ha pasado nunca. No contigo. No así.
Mi corazón se agitó con violencia.
—Estás enamorado —dijo Alicia—. Lo sé porque mi ex sonaba igual antes de arruinarme la vida.
—Alicia —susurré—, silencio.
Corvin dio otro paso.
—No quise hacerte daño —dijo—. Y lo que te está pasando… no es culpa mía.
Antes de que pudiera responder, el aire cambió.
Se volvió espeso. Antiguo.
Mi sangre ardió.
—¿Elena? —dijo Alicia—. Eso no es normal. Te bajó el pulso de repente.
La oscuridad se movió.
No como una sombra.
Como algo consciente.
Un rostro emergió lentamente desde la negrura. Arrugado. Pálido. Con ojos que brillaban con siglos de hambre y conocimiento.
No era joven.
No era bello.
Era antiguo.
—Al fin —dijo la voz, quebrada y poderosa—. La última de su linaje.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Quién…? —alcancé a murmurar.
Corvin se tensó.
—No —susurró—. Tú no.
El rostro sonrió.
—Creíste que era él —dijo la figura—. Los jóvenes siempre creen que entienden el poder.
Mi visión se nubló.
—Alicia… —alcancé a decir—. Creo que…
—ELENA, NO TE DESMAYES AHORA, ESTOY ESTACIONADA EN DOBLE FILA —gritó Alicia en el audicular.
Demasiado tarde.
La oscuridad me tragó.
No supe cuánto tiempo pasó.
Solo sentí manos sujetándome.
—Elena —dijo una voz desesperada—. Mírame.
Abrí los ojos un segundo.
Corvin estaba a un lado.
Kael, al otro.
Ambos tensos.
Ambos furiosos.
—¿QUÉ PASÓ? —gritó Alicia en mi oído—. ¿Quién es la vieja? ¿Por qué hay dos chicos guapos respirando fuerte? ¿ESTO ES UNA SECTA?
—Está viva —dijo Kael, aliviado—. Pero esa presencia…
Corvin apretó los dientes.
—Mi abuela.
El nombre cayó como una maldición.
—Ella fue quien la citó —continuó—. Y ahora sabe que Elena existe.
Alicia chilló.
—GENIAL. UNA ABUELA VAMPIRO ANCIANA. JUSTO LO QUE NOS FALTABA.
Antes de perder el conocimiento otra vez, pensé una sola cosa:
No era yo quien estaba en peligro.
Era el mundo.
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Editado: 13.01.2026