Mordida por error, enamorada por accidente.

CAPÍTULO 21 — El día después.

Desperté con la sensación de haber caído desde muy alto.
No fue un despertar brusco. Fue lento, pesado, como si mi cuerpo dudara si valía la pena volver.
Lo primero que sentí fue el olor.
Madera.
Polvo.
Sangre vieja… no reciente, pero presente.
Abrí los ojos.
Estaba en mi cama.
—Respira normal —dijo Alicia, de inmediato—. No te mueras otra vez, por favor. Ya gasté todas mis energías dramáticas anoche.
Giré la cabeza con esfuerzo.
Alicia estaba sentada en la silla del escritorio, despeinada, con una taza de café en una mano y el celular en la otra.
—¿Cuánto tiempo estuve…? —pregunté.
—Horas —respondió—. Te desmayaste, llegaron dos criaturas sobrenaturales guapísimas, te cargaron como princesa de película y yo tuve que fingir que eso era normal.
Cerré los ojos un segundo.
El recuerdo volvió de golpe.
La oscuridad.
El rostro viejo.
Esos ojos que no miraban… evaluaban.
—La vi —susurré.
Alicia dejó el café.
—Lo sé.
—No era Corvin.
—También lo sé.
Me incorporé lentamente. Mi cuerpo se sentía extraño, como si hubiera corrido kilómetros sin moverme del lugar.
—¿Dónde están ellos? —pregunté.
—Kael se fue antes del amanecer —dijo—. Estaba furioso. No contigo. Con el mundo.
—¿Y Corvin?
Alicia dudó.
—En la sala.
Mi corazón dio un salto raro. No rápido. Profundo.
—Quiere hablar contigo —añadió—. Y antes de que digas que no, voy a estar escuchando TODO.
Me levanté.
Al caminar hacia la sala, sentí algo nuevo: la casa parecía demasiado pequeña. Como si mis sentidos ya no cupieran entre esas paredes.
Corvin estaba de pie junto a la ventana. No elegante. No seguro. Cansado.
Cuando me vio, se giró de inmediato.
—Estás despierta —dijo.
—No gracias a ti —respondí.
Lo merecía.
—Lo que viste anoche… —empezó— no debía pasar así.
—¿Quién era? —pregunté.
Corvin cerró los ojos.
—Mi abuela.
El nombre cayó pesado.
—Ella fue quien te escribió —continuó—. No yo. Yo solo… te seguía. Porque no puedo dejar de hacerlo.
—Obsesión confirmada —murmuró Alicia desde la puerta.
Corvin ni la miró.
—Elena —dijo—, hay cosas que no sabes de ti. Cosas que nadie te explicó porque querían protegerte.
—Mis padres están muertos —respondí—. Esa protección fue un fracaso.
Asintió.
—Por eso quiero llevarte a un lugar.
Sentí el tirón en el pecho. Ese reconocimiento sin recuerdos.
—¿A dónde?
—A la casa donde vivías con ellos.
El aire se me fue de los pulmones.
—Está abandonada.
—No para ti —respondió—. Nunca lo estuvo.
Alicia levantó la mano.
—Pregunta rápida: ¿hay posibilidad de que aparezca otra abuela vampiro aterradora?
—No —dijo Corvin—. Pero hay verdad.
Eso fue peor.
La casa nos recibió en silencio.
Era exactamente como la recordaba… aunque yo no recordara nada.
La pintura descascarada, el jardín invadido, las ventanas cubiertas de polvo. Pero al cruzar la puerta, sentí algo que me apretó el pecho.
Hogar.
El olor me golpeó de lleno. Madera vieja, humedad… y debajo, un rastro suave, casi inexistente, que mi cuerpo reconoció como amor.
Cada paso despertaba algo en mí.
—Aquí —dije sin saber cómo—. Aquí mi madre solía cantar.
Corvin me miró, sorprendido.
—Nunca me lo contaste.
—No lo sé —susurré—. Solo… lo sé.
Fue entonces cuando lo sentí.
El llamado.
Me dirigí al cuarto principal, a un rincón específico del armario. Mis manos temblaban cuando moví un tablón suelto.
Dentro había una caja pequeña.
Y dentro de ella… una carta.
Mi nombre.
Con la letra de mi madre.
Alicia se sentó a mi lado cuando empecé a leer. Corvin se quedó atrás, como si no mereciera estar tan cerca.
Cada palabra me rompía y me reconstruía al mismo tiempo.
Cuando terminé, ya no lloraba.
Estaba en silencio.
—No soy un error —dije al fin—. Me escondieron.
—Te salvaron —corrigió Alicia—. Y ahora alguien quiere usarte.
Miré la casa por última vez.
Ya no era solo un recuerdo.
Era una advertencia.
—Ahora lo entiendo —dije—. Por eso ella apareció....




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