Mordida por error, enamorada por accidente.

CAPÍTULO 22 — Lo que mi madre sabía

Estábamos en casa.
Nuestra casa.
El sofá era el mismo de siempre, la manta vieja seguía oliendo a detergente barato y café, y Alicia estaba sentada frente a mí con las piernas cruzadas, como si fuéramos a estudiar para un examen.
Solo que el examen era mi vida.
—Lee —dijo—. Yo estoy contigo.
Asentí.
La carta temblaba un poco entre mis manos. La había leído antes, pero no así. No en voz alta. No compartiendo cada palabra con alguien que aún me veía como humana… o al menos, como yo.
Respiré hondo.
—“Mi querida Elena…” —empecé, y mi voz se quebró—. Si estás leyendo esto, es porque ya no pude seguir huyendo.
Alicia levantó la mirada de inmediato.
Seguí.
—La madre de tu padre nunca aprobó nuestra unión. No por amor, no por diferencias… sino por poder. Para ella, amar fuera de la sangre era una traición imperdonable.
Tragué saliva.
—Nunca supo de tu existencia. Te ocultamos porque sabía que, si llegaba a enterarse, tu vida estaría en peligro desde el primer aliento.
Alicia negó despacio.
—Eso explica tantas cosas…
Continué leyendo, cada palabra pesando más que la anterior.
—Traerte al mundo fue el acto más egoísta y más valiente de mi vida. Egoísta, porque te expuse al peligro. Valiente, porque creí que merecías existir aunque el mundo no estuviera preparado para ti.
Las lágrimas me nublaron la vista, pero no me detuve.
—Hay una mujer, Elena. Una vampira antigua. Vieja incluso para los suyos. Su ansia de poder no conoce límites. Cree que la sangre adecuada puede darle dominio absoluto… sobre vampiros y lobos.
Alicia se inclinó hacia adelante.
—¿Es ella…?
Asentí.
—Si esa mujer llegara a drenarme por completo, podría gobernar sin oposición. Por eso huimos. Por eso mentimos. Por eso vivimos con miedo.
Mi corazón latía tan fuerte que me dolía.
—Si alguna vez sientes que alguien te observa desde la oscuridad, no es paranoia. Es memoria. Es sangre llamando a sangre.
El silencio se apoderó del cuarto cuando terminé.
Alicia fue la primera en hablar.
—Ok —dijo lentamente—. Entonces resumamos.
Levantó un dedo.
—Uno: tu abuela vampira es una ambiciosa peligrosa.
Otro dedo.
—Dos: tu existencia era una bomba de tiempo.
Un tercero.
—Y tres: ahora todos saben que existes.
Me miró muy seria.
—Eso significa que no podemos confiar en nadie.
—¿Ni siquiera…? —empecé.
—Ni siquiera en los que dicen quererte —me interrumpió—. Especialmente no en ellos.
Me dejé caer contra el respaldo del sofá.
—Toda mi vida creí que fui abandonada por mala suerte —susurré—. Y resulta que fue una estrategia.
Alicia me tomó la mano.
—No estás sola —dijo—. Pero ya no eres invisible.
Miré la carta una vez más.
Mi madre había tenido razón.
Traerme al mundo fue ponerme en peligro.
Pero dejarme vivir…
fue un acto de desafío.
Y ahora, alguien quería reclamar lo que nunca le perteneció.




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