La carta seguía sobre la mesa.
El silencio pesaba demasiado.
—Ok —dijo Alicia de pronto—. Decisión tomada.
La miré.
—¿Sobre qué?
—Sobre mí.
Eso nunca era buena señal.
Se levantó del sofá con energía sospechosa y empezó a caminar de un lado a otro.
—Si el mundo se va a volver un caos sobrenatural, necesito poder defenderte.
—Alicia… —empecé.
—No, no, escúchame —me interrumpió—. No pienso ser la humana inútil que muere en el capítulo equivocado.
Parpadeé.
—¿Estás diciendo…?
—Que me conviertas.
Casi me atraganto con mi propia saliva.
—¿QUÉ?
—Lo que oíste.
Se sentó frente a mí, muy seria.
—Mira, tú tienes colmillos. Yo tengo determinación. Es un intercambio justo.
—No funciona así —dije—. Además, yo no sé cómo convertí a nadie.
—Perfecto —respondió—. Entonces investiguemos.
Sacó su laptop.
—Alicia, esto no es una receta de cocina.
—Todo es una receta si lo buscas bien.
Tecleó como loca.
—Veamos… “cómo convertirse en vampira sin dolor”.
—No escribas eso.
—Demasiado tarde.
Levantó la vista.
—Mira esto. Dice que algunos vampiros usan sedantes, música relajante y… velas aromáticas.
—¿VELAS?
—No juzgues. La iluminación importa.
Me miré los colmillos reflejados en el espejo del pasillo.
—Son grandes —murmuré.
—GRANDES NO —corrigió—. SON ARMAS DE GUERRA.
Me acerqué.
—Alicia, no es tan simple. Duele. Es peligroso. Y yo no quiero—
—No quiero sentir dolor —me interrumpió—. Tengo muy baja tolerancia. ¿Hay versión anestesia?
—No.
—¿Versión “me desmayo primero”?
—Tampoco.
Suspiró y cerró la laptop.
—Está bien —dijo—. Pausamos el plan “Alicia inmortal, versión deluxe”.
—Gracias —respondí, aliviada.
Se levantó, me rodeó, y me miró fijamente la boca.
—Pero escucha esto —añadió, muy seria—: yo voy a conseguir colmillos más pequeños que los tuyos.
Fruncí el ceño.
—¿Perdón?
—Sí —asintió—. Porque tú pareces un niño al que se le cayó un diente y le salió otro tres veces más largo.
—¡Oye!
—No te ofendas —dijo—. Te quedan bien. Terroríficamente bien. Pero yo quiero algo más discreto. Elegante. Nada de versión “castor sobrenatural”.
Me tapé la boca con la mano, riéndome.
—Eres imposible.
—Y tú muerdes demasiado —respondió—. Así que estamos a mano.
Se dirigió a su cuarto y, antes de cerrar la puerta, añadió:
—Verás que lo lograré. Y cuando tenga mis colmillos mini, yo te voy a proteger a ti.
Sonreí sola.
Tal vez el mundo se estuviera cayendo a pedazos…
pero mientras Alicia siguiera ahí, burlándose incluso del apocalipsis,
yo sabía que todavía había algo por lo que valía la pena luchar.
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Editado: 13.01.2026