Mordida por error, enamorada por accidente.

CAPÍTULO 24 — Las que entran por la ventana.

Me despertó el silencio.

No el normal.
No el de la madrugada.

Era un silencio tenso, contenido, como si la noche estuviera aguantando la respiración.

Abrí los ojos lentamente.

La ventana de mi habitación estaba abierta.

Yo estaba segura de haberla cerrado.

El aire era frío… y antiguo.

Entonces la vi.

Ella entró sin hacer ruido, como si el vidrio no fuera un límite sino una invitación. Su cuerpo se movía con una elegancia enfermiza, lenta, calculada. Sus pies tocaron el suelo de mi cuarto como si ya le perteneciera.

La reconocí ...

—Así que tú eres Elena —dijo con una voz vieja, raspada por siglos—. La sangre que todos creyeron extinguida.

Intenté moverme.
No pude.

Mi cuerpo no respondía, pero mi mente estaba despierta, alerta, aterrada.

—No temas —continuó—. No vengo a matarte.

Se inclinó un poco, observándome como quien evalúa una joya.

—Vengo a usarte.

Mi sangre ardió.

—Tu poder… —sonrió—. Siete días. Solo siete. Drenarte poco a poco. Cada gota abrirá un antiguo pacto. Con tu sangre, gobernaré vampiros… y lobos.

Un crujido fuerte rompió el aire.

La ventana volvió a abrirse violentamente.

Y entonces ella apareció.

No entró con elegancia.
Entró con rabia.

—¡No la tocarás! —rugió una voz que me heló la sangre.

La segunda figura cayó dentro de la habitación como una sombra furiosa. Su presencia era distinta. Más densa. Más oscura.

La reconocí también.

No por amor.
Por memoria.

—Tú… —dijo la primera vampira, frunciendo el ceño—. Pensé que estabas muerta.

—Lo estuve —respondió la recién llegada—. Pero para detenerte… siempre hay una razón para volver.

Mi pecho se apretó.

La entendí de golpe.

—Abuela… —susurré.

Ella giró la cabeza apenas hacia mí.

Sus ojos no tenían ternura.

—No me llames así —dijo—. Yo no vine a salvarte. Vine a corregir un error.

La abuela de Corvin sonrió.

—¿Aún crees que matarla es la solución?

—Sí —respondió la otra sin dudar—. Porque si vive, el mundo arderá. Nadie debe tener su sangre. Ni tú. Ni nadie.

El aire explotó.

Se lanzaron la una contra la otra con una fuerza brutal. No había elegancia ahora. No había control. Solo colmillos, uñas, golpes que hacían temblar las paredes.

Mi cama se volcó.

El espejo se hizo trizas.

La habitación no era un cuarto: era un campo de batalla.

—¡TÚ MANDASTE MATAR A MIS PADRES! —grité, sin saber cómo mi voz salió.

La abuela paterna ni siquiera me miró.

—Eran débiles —escupió—. Amaron donde no debían. Y tú eres la consecuencia.

La abuela de Corvin la lanzó contra la pared.

—No te pertenece —rugió—. Su sangre decidirá el orden.

—¡Tu orden! —respondió la otra—. ¡Tu tiranía!

Se atacaron de nuevo.

Sangre oscura salpicó el suelo.

Cada golpe hacía que algo dentro de mí respondiera. Mi corazón latía al ritmo de la pelea. Mi sangre quería salir. Llamaba.

—Elena… —susurró la abuela de Corvin, mirándome un segundo—. Tú decidirás al final.

—¡No la escuches! —gritó la otra—. ¡Mátala ahora y todo termina!

Entonces sentí pasos.
Voces.
Un rugido lejano.

La pelea se detuvo de golpe.

Ambas vampiras me miraron al mismo tiempo.

—Esto no ha terminado —dijo la abuela de Corvin—. Los siete días empezarán, lo quieras o no.

—Si sobrevives —añadió la otra—… volveré yo misma a matarte.

En un parpadeo, ambas desaparecieron por la ventana, dejando la noche rota y mi habitación destruida.

Me quedé sentada, temblando.

Ahora lo sabía.

No era solo que me quisieran.

No era solo que me odiaran.

Mi sangre era una guerra.

Y acababa de empezar.




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