Mordida por error, enamorada por accidente.

CAPÍTULO 25 — Ventanas rotas y promesas falsas.

No había terminado de asimilar la pelea cuando la ventana volvió a abrirse.

—¿EN SERIO? —dijo Alicia cruzándose de brazos—. ¿Las puertas ya no se usan? ¿Hay una reunión secreta de “entremos por la ventana” de la que no me enteré?

Dos figuras cayeron dentro del cuarto casi al mismo tiempo.

Corvin y Kael.

El aire cambió de golpe.

—¿Estás bien? —preguntó Kael, llegando primero a mí.

—No —respondí—. Pero sigo viva, así que supongo que eso cuenta.

Corvin no dijo nada.
Me miró.
Y algo en su mirada me estremeció… posesivo, decidido, peligroso.

—Ella viene conmigo —dijo él.

Kael giró lentamente.

—Ni lo sueñes. Mi casa está protegida. Yo puedo cuidarla.

—Tú no sabes con qué estás lidiando —respondió Corvin con frialdad—. En mi territorio estará a salvo.

—¿A salvo o bajo tu control? —gruñó Kael.

—Chicos —interrumpió Alicia—. No quiero arruinar el momento, pero ella es una persona, no un paquete de Amazon.

Nadie le hizo caso.

La discusión subió de tono en segundos.
Colmillos.
Miradas afiladas.
Silencio tenso.

—Basta —dije al fin.

Ambos me miraron.

—Solo quiero que esto termine —susurré.

Corvin se acercó y, sin darme tiempo a pensar, me tomó en brazos.

—Vendrás conmigo.

—¡Corvin! —protestó Kael—. ¡No puedes decidir por ella!

—Ya lo hice.

Kael dio un paso al frente, pero se detuvo. Sus ojos estaban llenos de rabia… y algo más que me dolió reconocer: preocupación.

—Cuídala —dijo entre dientes—. O juro que iré por ti.

Corvin no respondió.

Y así, sin despedirme bien, sin pensar, sin medir consecuencias… me llevó.

---

El camino hacia su casa fue silencioso.

Yo apoyé la cabeza en su pecho, escuchando un corazón que no latía… pero que esa noche parecía vivo solo para mí.

Imaginé cosas.

Días tranquilos.
Risas.
Él protegiéndome.
Yo aprendiendo quién era ahora.

Me imaginé siendo feliz.

Su casa estaba en lo alto de una montaña. La vista era irreal: luces lejanas, cielo abierto, silencio puro.

—Descansa —me dijo—. Te prepararé algo.

Cuando entré al baño me quedé sin palabras.

Agua caliente.
Pétalos de rosa flotando.
Velas suaves.

Por primera vez desde todo esto… me sentí cuidada.

Esa noche no hubo miedo.

Solo cercanía.
Manos temblorosas.
Respiraciones compartidas.

No fue perfecto.
Fue real.

Sentí cada emoción amplificada: el calor, el roce, la conexión. Como si mi nuevo cuerpo no supiera cómo procesar tanto sentimiento.

Me dormí creyendo que, tal vez, había elegido bien.

Al despertar… estaba sola, desnuda...

La cama fría.

Bajé las escaleras y lo vi en la cocina. Elegante. Impecable. Distante.

—Buenos días —dije con una sonrisa tímida.

Él me miró.

Frío.

—Buenos días.

Nada más.

Mi pecho se apretó.

Entonces la vi.

Alta. Rubia. Perfecta. Vestida con una elegancia que gritaba poder.

—Hola —dijo con una sonrisa educada—. Mucho gusto. Soy su esposa.

El mundo se detuvo.

Ella subió las escaleras sin mirarme de nuevo.

Yo me quedé inmóvil.

¿Esposa?
¿Cómo puede mirarme así después de anoche?
¿Por qué me trajo aquí?
¿Por qué… no le importa?

Miles de preguntas.
Ninguna respuesta.

Subí las escaleras como en un sueño y me encerré en el cuarto.

Me senté en la cama, abrazándome a mí misma.

La casa era hermosa.
La vista, perfecta.
Pero yo me sentía… atrapada.

Entendí algo con claridad dolorosa:

Nada de esto iba a ser bonito.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.