Mordida por error, enamorada por accidente.

Capítulo 26 — No me dejan ir.

No sé en qué momento la casa dejó de sentirse hermosa y empezó a oprimirme el pecho.
Las paredes eran demasiado blancas.
El silencio, demasiado atento.
Y Corvin… demasiado lejos.
Me encerré en la habitación y marqué el número con manos temblorosas. No lo pensé dos veces. Si lo pensaba, no lo hacía.
—Kael… —susurré cuando respondió—. Ven a buscarme. Por favor. Me quiero largar de aquí.
No preguntó nada.
Solo dijo:
—Voy.
Eso bastó para que algo dentro de mí respirara por primera vez en horas.
Kael llegó cuando el cielo empezaba a oscurecer. Lo vi desde la ventana, apoyado en su moto, inquieto, mirando la casa como si fuera una jaula.
Bajé corriendo.
Cuando abrí la puerta, él me miró como si necesitara comprobar que seguía entera.
—¿Estás bien? —preguntó.
Negué con la cabeza.
No hizo falta decir más. Me tomó de la mano con cuidado, como si yo fuera algo frágil que podía romperse con solo respirar mal.
Y entonces pasó.
—¿A dónde crees que vas?
La voz de Corvin cayó como una sombra.
Se materializó frente a nosotros, elegante, perfecto… frío. Sus ojos se clavaron primero en Kael. Luego en mí. Y algo oscuro se movió en su mirada.
—Ella se va —dijo Kael, sin soltarme—. Contigo no está a salvo.
Corvin sonrió. Pero no había humor ahí.
—Tú no decides eso.
Todo ocurrió rápido.
Un golpe.
Un empujón.
La casa temblando.
Kael y Corvin chocaron como dos tormentas. Colmillos. Garras. Sangre manchando el mármol.
—¡Basta! —grité— ¡Por favor!
Kael logró apartarlo un segundo. Volvió a tomar mi mano.
—Vámonos. Ahora.
Dimos dos pasos.
Solo dos.
Sentí el mundo girar cuando Corvin me levantó del suelo como si no pesara nada. Me cargó sobre su hombro. Mi grito se ahogó contra su espalda.
—¡Suéltala! —rugió Kael.
—No.
Su voz fue baja. Firme. Peligrosa.
Me llevó de vuelta a la casa ignorando mis golpes, mis súplicas, el fuego que me subía por la garganta.
—Corvin, por favor —dije, con la voz rota—. Déjame ir.
No respondió.
Subió las escaleras. Abrió la puerta de la habitación. Me dejó en la cama como si nada hubiera pasado.
Antes de cerrar, Kael apareció en el umbral, herido, furioso… impotente.
—Voy a volver por ti —me prometió—. Te lo juro.
La puerta se cerró.
El sonido fue definitivo.

Me quedé sentada en la cama, abrazándome las rodillas.
Parte de mí estaba aterrada.
Parte de mí estaba furiosa.
Y la peor parte… seguía sintiendo el eco de sus manos en mi piel.
No me habían traído para protegerme.
Me habían traído para no dejarme ir.
Y lo sabía.
Porque cuando levanté la vista, vi los cerrojos en las ventanas.
Y supe que esta vez… escapar no iba a ser tan fácil.




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