La noche anterior todavía ardía en mi piel.
No era solo el recuerdo de su cuerpo contra el mío, ni la forma en que me había mirado como si yo fuera lo único real en un mundo que se caía a pedazos. Era la promesa silenciosa que creí ver en sus gestos. En cómo me sostuvo después. En cómo pronunció mi nombre como si no existiera nadie más.
Y sin embargo…
La cocina apareció en mi mente como una herida abierta.
La luz de la mañana entrando por los ventanales.
El olor a café.
Y ella.
Rubia. Elegante. Demasiado segura de sí misma.
De pie en la cocina como si ese fuera su lugar.
La esposa de Corvin.
Tragué saliva, sentada ahora en la cama, con las piernas recogidas contra el pecho. El encierro dolía menos que esa imagen.
La puerta se abrió.
Corvin entró sin prisa, como siempre. Como alguien que no teme nada. Ni siquiera perderme.
—¿Ella sigue aquí? —pregunté de inmediato, sin levantarme.
Se detuvo. Sus ojos se posaron en mí, oscuros, cansados.
—Sí.
La palabra fue seca. Definitiva.
—¿Quién es para ti? —insistí, sintiendo cómo algo se quebraba dentro—. No me mires así. Merecía saberlo antes de que me tocaras.
—No entiendes nada, Elena.
Me puse de pie de un salto.
—Entonces explícame —le exigí—. Porque me amaste como si no existiera nadie más, y luego había una mujer en tu cocina mirándome como si yo fuera un error.
Su mandíbula se tensó. Dio un paso hacia mí.
—No voy a explicarte —dijo—. No ahora.
—¿Por qué?
—Porque no cambiaría nada.
La respuesta fue peor que una mentira.
—¿Es tu esposa? —pregunté, con la voz rota.
No respondió.
Ese silencio gritó más que cualquier confesión.
—¿Sabes lo que más duele? —continué—. No es que esté casado. Es que me mires a los ojos, me encierres aquí “para protegerme”, y aun así sigas guardándome secretos.
Se acercó. Demasiado.
Pude sentirlo otra vez: esa atracción peligrosa, esa conexión que no desaparecía ni con rabia ni con miedo.
—Te amo —dijo en voz baja.
Mi corazón dio un vuelco traicionero.
—Entonces no me trates como una prisionera —susurré—. Ni como una pieza que puedes mover sin consultarla.
Levantó la mano, como si fuera a tocarme. Se detuvo a medio camino.
—Si supieras todo —murmuró.
Sus ojos brillaron con algo que no supe nombrar. Dolor. Culpa.
—Descansa —repitió—. Hablaremos cuando sea seguro.
—Eso es lo que dices siempre —respondí—. Cuando tú decides.
Se dio la vuelta y salió sin mirar atrás.
Otra puerta cerrándose.
Otro límite impuesto.
Me dejé caer lentamente sobre la cama.
Él me amaba.
De eso estaba segura.
Pero también me ocultaba verdades.
Y tenía una esposa.
Me había encerrado.
Tal vez Corvin creía que el peligro estaba afuera.
Pero empezaba a sospechar que el verdadero peligro…
era amar a alguien capaz de romperte mientras dice que lo hace por tu bien.
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Editado: 02.02.2026