Al este de la ciudad de Mérida, en la zona del Mocoties y en lo más profundo de las montañas del valle, se alzaba un hermoso pueblo. Este brillaba con alegría cuando el sol tocaba las fachadas de aquellas coloridas casas, anunciando a los pobladores el comienzo de un nuevo día. Las calles se llenaban de gozo, mientras los ciudadanos caminaban en todas direcciones, parloteando entre sí para cubrir la oscuridad de armonía y felicidad. Los niños reían mientras jugaban a la pelota en la plaza central, y las mujeres compartían historias en los portales, creando una atmosfera de comunidad y calor humano que hacia olvidar cualquier preocupación.
Sin embargo, no todo era como ellos creían, ya que al mirar en alto y observar la fría y oscura imagen de aquel castillo, recordaban la tristeza y el dolor de sus pérdidas familiares. Las leyendas contadas por los ancianos del pueblo, hablaban de un pasado trágico, donde el castillo había sido testigo de una traición que dejó un vacío en los corazones de sus habitantes. Cada vez que el sol se ponía tras las montañas, una sombra parecía cubrir el pueblo, recordándoles que la felicidad no era completa y que siempre había un eco de tristeza latente.
Los más jóvenes siempre se habían preguntado el motivo por el cual el castillo y las montañas que rodeaban el pueblo permanecían ocultas bajo un clima invernal. Las historias sobre un antiguo hechizo lanzado por una bruja del lugar circulaban entre ellos, alimentando su curiosidad e imaginación, preguntándose porque les era prohibido su ingreso en aquellos desolados terrenos, donde la nieve cubría todo con su manto helado, ya que para ellos, esas tierras eran un misterio lleno de promesas y aventuras esperando a ser descubiertas.
A pesar de las advertencias de sus padres y abuelos, los jóvenes soñaban con explorar esos lugares prohibidos. Se reunían en secreto para compartir sus anhelos y teorías sobre lo que podrían encontrar al otro lado del límite marcado por la nieve. Para algunos, era casi un deseo palpable, para otros, un miedo que los mantenía alejados. La dualidad de atracción y temor crecía con cada relato contado al calor del fuego en las noches frías.
Solo una jovencita tenía el valor suficiente para acercarse a los límites donde aquel manto blanco comenzaba a extenderse. Su nombre era Sophia, y aunque sus amigos la advertían sobre los peligros que asechaban tras la barrera helada, su curiosidad era más fuerte que cualquier miedo. Ella sentía una conexión especial con aquellas montañas, como si algo dentro de ella la llamara a descubrir lo desconocido. Aun así, no se atrevía a poner un pie sobre la nieve, solo se limitaba a observarla desde una corta distancia.
Con cada visita al borde del reino helado, Sophia comenzó a notar detalles que antes le habían pasado desapercibidos. Formas extrañas dibujadas en la nieve, y susurros suaves llevados por el viento que parecían contar historias olvidadas. Su corazón latía con fuerza cada vez que parecía estar a punto de rebelar un secreto antiguo. En su mente se formaban imágenes fantásticas de lo que podría haber detrás del frío manto, quizás un mundo lleno de magia o criaturas míticas.
Aquella mañana, las montañas se alzaban imponentes, cubiertas de un manto de escarcha que brillaba bajo la tenue luz del sol, como si el invierno estuviera decidido a aferrarse a su reino con más fuerza que nunca. El castillo, con sus torres majestuosas y muros de piedra, parecía un guardián helado en la basta blancura, emanando una sensación de soledad y misterio. El aire estaba impregnado de un frío penetrante que se deslizaba por los valles cercanos, como si el invierno intentara extender su gélido abrazo al resto del paisaje, convirtiendo todo a su paso en un cuadro invernal de ensueño.
¡Sophia, querida! –Llamó su padre desde las afueras de su habitación- ¡¿Estás despierta?!
¡Sí, padre! –respondió ella desde la ventana.
Un suave rechinar resonó en el interior de la habitación cuando la puerta se abrió, rompiendo el silencio de la mañana. La luz del día se filtró a través del umbral, iluminando las sombras de las paredes y trayendo consigo una brisa fresca.
¡¿Nuevamente observando las montañas?! –se quejó su padre.
¡Son tan hermosas, padre, que no consigo dejar de admirarlas! –suspiró ella, mientras posaba delicadamente su mentón sobre una de sus manos.
¡No tienen nada de hermoso, Sophia! –su padre se acercó y cerró las cortinas- ¡Es mejor que bajes, necesito que me ayudes con unos vestidos!
¡Enseguida bajo! –dijo, mientras abría una de las cortinas para darle un último vistazo al helado paisaje.
¡Por favor, no tardes! –rogó su padre, antes de abandonar la habitación.
Sophia como todas las mañanas, admiraba el pequeño retrato de su madre. Una imagen que la acompañaba desde que había perdido a esa figura tan querida cuando era tan solo una niña. Cada vez que sus ojos se posaban en el retrato, sentía que el amor que le había brindado permanecía intacto en su corazón, como un faro que iluminaba incluso los días más oscuros. Con ternura, rozó suavemente el marco, sintiendo una conexión profunda que trascendía el tiempo y la distancia.
Luego, atravesó su habitación y salió al pequeño pasillo, caminando lentamente en dirección a las escaleras. Sin embargo, se detuvo en seco en medio de ellas al escuchar la voz de su padre resonar desde abajo.
Estos han sido los años más duros de toda mi vida, señora Beatriz –Sophia respiró lentamente- desde que mi amada Marta se perdió en las profundidades del bosque, no pasa un solo día en que recuerde su presencia junto a nosotros.