Capítulo 3 — Parte I
El primer contacto siempre era el peor.
Las camillas metálicas reconocieron a las gemelas apenas sus cuerpos tocaron la superficie. Un pulso frío recorrió la sala y las correas se cerraron solas, ajustándose a muñecas, tobillos, pecho y frente con una precisión inhumana. No apretaban de inmediato: esperaban. Como si supieran que el miedo debía asentarse antes del dolor.
Mara inhaló con fuerza, tratando de no llorar.
Becka giró la cabeza, tensando la mandíbula.
Jarah permanecía junto a la consola central, con las manos temblándole apenas lo suficiente para que ella misma lo notara. Repasó los parámetros una vez más, aun sabiendo que no podía cambiarlos.
—Iniciando fase uno —anunció con voz baja—. Estimulación neurosináptica profunda.
De los brazos robóticos descendieron unas bandas traslúcidas, cubiertas de filamentos brillantes. Se posaron sobre las sienes de las niñas y se activaron al mismo tiempo.
Mara gritó.
No de inmediato. Primero fue un jadeo, luego un sollozo ahogado y finalmente el grito, largo y desgarrador, cuando la corriente atravesó su cráneo como un enjambre vivo.
Becka arqueó la espalda con un alarido idéntico.
El dolor se dividía entre ambas, pero no se suavizaba. Solo se duplicaba.
—Registro estable —comentó Mitchell, observando la pantalla—. Aumenten la intensidad.
—Doctor Mitchell… —empezó Jarah.
—Aumenten —repitió él, sin mirarla.
Las bandas brillaron con más fuerza.
Las pupilas violetas de las gemelas se dilataron hasta casi desaparecer. Sus cuerpos temblaban sin control, los músculos reaccionando a impulsos que no comprendían.
—Siento… —balbuceó Mara—. Siento todo… demasiado.
Becka apretó los dientes hasta que un hilo de sangre apareció en su labio.
—No nos dejen… —susurró, la voz rota.
Jarah dio un paso adelante.
—Por favor —dijo, con la voz quebrándose—. Están entrando en saturación sensorial. Esto puede dejar secuelas.
Mitchell inclinó apenas la cabeza.
—Ese es el objetivo.
La fase dos comenzó sin pausa.
Las bandas se retiraron y, en su lugar, unas agujas finísimas emergieron de las camillas, perforando la piel de brazos, cuello y columna. No extraían sangre.
Extraían energía.
Mara lanzó un gemido bajo, continuo, como si ya no tuviera fuerzas para gritar.
Becka cerró los ojos con violencia.
—Quema —murmuró—. Siento que me están vaciando.
Las pantallas mostraban picos irregulares, ondas que se superponían unas a otras, incapaces de separarse.
—La conexión entre ambas es absoluta —dijo Mitchell—. Incluso bajo extracción forzada.
Jarah sintió náuseas.
—No están diseñadas para esto —dijo—. Son niñas.
—Son recursos —corrigió él.
La tercera fase fue la más cruel.
Inducción emocional.
Las luces cambiaron de color, proyectando patrones irregulares. Sonidos graves, casi imperceptibles, llenaron la sala. No atacaban el cuerpo.
Atacaban la memoria.
Mara comenzó a llorar en silencio.
—No quiero volver ahí… —susurró—. Becky, no…
Becka tembló.
Jarah comprendió demasiado tarde.
Las máquinas estaban obligándolas a revivir miedos, dolores, abandonos que ni siquiera sabían nombrar.
—¡Basta! —gritó—. ¡Esto es tortura!
Mitchell no respondió.
Las gemelas ya no gritaban.
Solo respiraban con dificultad, exhaustas, con los cuerpos rígidos y los ojos apagándose poco a poco.
El cansancio no era físico.
Era profundo. Antiguo.
Y Jarah supo, con un nudo en la garganta, que aquello apenas era el comienzo...
La siguiente fase no tenía nombre.
Jarah lo supo al ver cómo los monitores dejaban de marcar picos claros y comenzaban a mostrar ondas largas, pesadas, como si el cuerpo mismo se negara a reaccionar. No era dolor nuevo. Era desgaste. El tipo de desgaste que no se recupera con descanso.
—Mantengan el estímulo basal —ordenó Mitchell—. No las dejen caer.
Las camillas emitieron un zumbido bajo y constante. No quemaba. No cortaba. Sostenía. Obligaba al cuerpo a permanecer despierto cuando ya no podía.
Becka respiraba con dificultad. Cada inhalación parecía costarle una decisión.
—Me duele… —susurró—. Pero no sé dónde.
Mara no respondió.
Jarah se inclinó hacia adelante.
—Mara —llamó con urgencia—. Mírame. Aprieta mi mano.
Nada.
Los sensores seguían activos, pero su ritmo era errático, como si Mara estuviera presente solo a medias. Sus párpados temblaban, abiertos apenas, el violeta apagado, distante.
—Está entrando en colapso sistémico —advirtió Jarah—. Esto ya no es una prueba, es un vaciamiento.
—Exactamente —dijo Mitchell—. Continúe.
De los laterales de la sala se activaron los campos de presión. No tocaban la piel, pero comprimían el espacio alrededor de las gemelas, empujando cada sensación hacia adentro. El cuerpo no tenía dónde huir.
Becka lanzó un gemido ahogado.
—Mara… —murmuró, desesperada—. Contéstame.
Intentó girar la cabeza.
El movimiento fue torpe, incompleto. Su brazo buscó el de su hermana.
No hubo respuesta.
Los dedos de Mara permanecían abiertos, inertes, fríos.
—¡No! —gritó Jarah—. ¡Está desconectándose!
Las alarmas comenzaron a sonar, pero nadie actuó.
Mitchell observaba fascinado.
—El vínculo persiste incluso cuando una cede —dijo—. Es… extraordinario.
Becka empezó a llorar.
No con rabia.
Con miedo puro.
—No la siento bien —dijo, con la voz rota—. Es como si… se estuviera yendo lejos.
El aire en la sala se volvió denso, pesado, pero no reaccionó. No hubo estallido. No hubo poder.
Solo agotamiento.
Jarah se lanzó contra la consola.
—Corten la inducción emocional —ordenó—. Bajen todo. Ahora.
—Acceso restringido —respondió la máquina.
Mitchell se acercó.
—Si la detenemos ahora, perderemos los datos.