Morir o Escapar

Capítulo 4

La sala quedó en silencio.

No un silencio limpio, sino uno lleno de residuos: pitidos irregulares en los monitores, el zumbido cansado de las luces de emergencia, el eco distante de pasos que se alejaban rápido, como si nadie quisiera permanecer allí más tiempo del necesario. Después del dolor, después del límite, todo se movía con una lentitud artificial.

—Equipo médico a la sala de pruebas tres —ordenó Mitchell—. Protocolo de estabilización.

Las puertas se abrieron.

Entraron dos asistentes y un médico general, empujando camillas móviles. Se detuvieron apenas al ver a Jarah ya arrodillada junto a Mara, revisándole la respiración con movimientos automáticos, precisos. No eran gestos desesperados.

Eran gestos médicos.

—Pulso filiforme —dijo Jarah sin apartar la vista—. Saturación baja. Está en retirada profunda.

—Doctora Rokieva… —comenzó uno de los médicos.

—Yo me encargo —interrumpió ella—. Son mis pacientes.

No fue una súplica. Fue una afirmación.

Se levantó con esfuerzo y comenzó a dar órdenes mientras colocaba sensores nuevos sobre el pecho de Mara.

—Necesito acceso a una unidad de estabilización, suero isotónico, mantas térmicas y sedación mínima. Nada que interfiera con el vínculo.

El médico dudó solo un segundo antes de asentir.

—Como indique, doctora.

Becka se movió cuando intentaron tocarla.

—No las separen —murmuró, apenas consciente.

Jarah se giró de inmediato.

—Van juntas —dijo—. Siempre ha sido así.

Nadie la contradijo.

Las correas fueron retiradas con cuidado. Jarah sostuvo la cabeza de Mara cuando la levantaron, acomodándola ella misma en la camilla. No permitió que nadie más tocara su cuello ni su rostro.

—Está muy fría —comentó un asistente.

—Lo sé —respondió Jarah—. Por eso no la suelten.

Becka fue colocada a su lado. Apenas pudo sostenerse cuando el peso real de su cuerpo cayó sobre la camilla.

—Me duele moverme —susurró.

—No intentes nada —le indicó Jarah con suavidad profesional—. Tu cuerpo está exhausto.

El traslado por los pasillos fue lento.

Jarah caminaba a la altura de las cabezas de las niñas, observando cada cambio en los monitores portátiles, ajustando ella misma la velocidad del suero, corrigiendo parámetros antes de que alguien más pudiera notarlo.

—Constantes inestables —comentó uno de los asistentes.

—Pero recuperables —corrigió Jarah—. Si no vuelven a forzarlas.

Al llegar a la unidad médica, el ambiente cambió.

Más cálido.

Más controlado.

Jarah tomó el mando de inmediato. Indicó camas contiguas, supervisó la conexión de sensores, revisó pupilas, reflejos, respiración. Sus manos seguían firmes, aunque por dentro todo le temblaba.

—Cinco minutos —dijo una doctora desde la puerta.

—Me quedo —respondió Jarah—. Yo llevo el caso.

Nadie discutió.

Se sentó entre ambas camas.

Tomó una mano de cada niña.

Becka respiraba lento, vencida, los ojos cerrándose a pesar de su esfuerzo por mantenerse despierta.

—No me sueltes —murmuró.

—No lo haré —respondió Jarah, ahora sin protocolo—. Descansa.

Mara no habló.

Pero cuando Jarah ajustó la manta térmica, sintió cómo sus dedos se cerraban apenas alrededor de los suyos.

Respuesta mínima.

Suficiente.

Jarah dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde hacía horas.

Seguían vivas.

Por ahora, eso bastaba.

Jarah, apesar de las miradas furtuvas de los demas colegas, besó la mano de cada una de las niñas y salió de la habitación dejandolas vigiladas, era una tortura para ella ver a esas niiñas a quienes conocía desde que eran del tamaño de una sandía sufrir de esfa manera, pero lo que mas la jodía,era el hecho de que ella contribuía con ese trato hacia las niñas, aunque lo hacia para no estar lejos de ellas, era nauseabuanda la idea de como un par de seres tan inocentes crecieran en ese entorno sin saber si quiera como jugar ni correr para divertirse.

Jarah salió de la unidad médica como si la empujaran fuera.

No miró atrás. Si lo hacía, sabía que volvería a ver a Mara inmóvil, a Becka exhausta, a las manos pequeñas aferrándose a ella como si fuera lo único firme en un mundo que se desmoronaba. Caminó por el pasillo con pasos torpes, los hombros hundidos, la bata blanca colgándole como un peso muerto.

Cada puerta que cruzaba la alejaba de las niñas.

Y cada metro la hacía sentirse más cobarde.

Entró a su oficina y cerró. Esta vez no con cuidado. Dejó que la puerta golpeara el marco con un sonido seco, violento, que resonó demasiado fuerte en el silencio. Se apoyó contra ella, resbalando hasta quedar sentada en el suelo.

Le dolía el pecho.

No era físico.

Era esa sensación aplastante de haber fallado.

—Perdónenme… —susurró, con la voz rota—. Perdónenme.

Se levantó como pudo y se dejó caer en el sofá. La oficina olía a desinfectante y café frío. Un lugar que debía ser seguro y que solo le recordaba todo lo que no había podido hacer.

Las niñas la miraban como si fuera alguien buena.

Como si fuera fuerte.

Como si no fuera la mujer que activaba las máquinas que las destruían poco a poco.

La vergüenza la atravesó con una crudeza insoportable.

Trabajaba para Mitchell.

Para ese hombre que hablaba de armas con la misma calma con la que otros hablaban del clima.

Para ese cerdo que veía a Mara y a Becka como un proyecto.

Y ella obedecía.

Porque si no lo hacía, alguien peor ocuparía su lugar.

Esa era la mentira que se repetía para seguir respirando.

El comunicador vibró sobre la mesa.

Jarah dio un respingo.

El nombre en la pantalla le heló la sangre.

Daniel.

Su marido.

Un nudo se le cerró en el estómago.

No contestar no era una opción.

Nunca lo era.

Se sentó derecha, como si él pudiera verla, y aceptó la llamada.



#1728 en Fantasía
#346 en Magia
#2234 en Otros
#191 en Aventura

En el texto hay: familia, poderes sobrenaturales., gemelas identicas

Editado: 25.12.2025

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.