Mortum: El Palacio De Los Vampiros (libro 1)

Cap. 6. Miradas al futuro (Parte 3)

—¡Me muero! ¡Necesito aire, aire! —el grito de Niar espantó a las aves que tranquilamente juntaban ramitas del suelo.

—¿Quieres cerrar la boca? —Danisha lo golpeó en la espalda.

—Esto es un atentado. Yo no tengo los pulmones que tú y Stephanie sí tienen.

—Niar tiene razón —Alexa dejó caer su mochila al suelo. También estaba exhausta—. No puedo dar un paso más. Entre más alto subamos a las montañas, más nos faltará el aire.

—Muy bien —Dani se encogió de hombros—, aquí nos quedaremos.

La pandilla se dedicó a recoger un número prudente de rocas para formar un círculo, el cual, más tarde rellenaron con madera seca. Aquello resultó ser una tarea casi imposible. Vermont por lo regular era considerado un bosque sumamente húmedo, y encontrar algún tronco que sirviese para encender una pequeña hoguera era muy difícil.

—Son unos inútiles —riéndose de ellos, Danisha terminó cargando el resto de troncos que faltaban al ver lo exhaustos que estaban.

Al final, Stephanie terminó por montar las tiendas de campaña, Dani montó la fogata, Alexa encendió el fuego con una amalgama extraña de hierbas y sales, y finalmente la tarde comenzó a caer.

—La hora de las historias de terror ha comenzado —Steve abrió un par de bolsas de malvaviscos y comenzó a repartirlos.

—Para qué quieres contar historias de terror si con Danisha tenemos bastantes cosas terroríficas.

—¿En serio, Niar, planeas morir en un lugar como este en donde nadie va a reconocer tu cadáver? —aseveró ella sujetándolo del cuello.

—¡Es broma, es broma! ¡Alexa, dile que me suelte!

Por su parte, Stephanie no había dejado de comer. La chica había terminado con la bolsa de chocolates, fruta y ahora seguía remoliendo una gran cantidad de papas fritas. Los ojos le brillaban, y las ganas de salir corriendo detrás de algún venado y devorarle el cuello le estaban quemando la garganta.

—Si sigues tragando eso, subirás de peso.

—Danisha, ¿quieres callarte? No me estás ayudando en nada.

—¿Por qué no vas a cazar y ya?

—Porque no quiero matar animales. Además, esto no está tan mal. El chocolate me dio un dulce sabor a barro.

—Eso es asqueroso. Me recuerda cuando eras pequeña y mordías las macetas de mi casa…

—Tú siempre terminabas comiéndote el pay de queso que yo preparaba…

—Stephanie, guarda silencio —su amiga se levantó del tronco y comenzó a oler el viento.

—¿Qué pasa? —todos se quedaron en silencio.

—Huelo algo. Alexa, rápido, apaga el incienso.

—Pero me olerás a mí.

—Apágalo de todas formas.

Y en cuanto la pelirroja enterró la barita entre las hojas del suelo, los ojos de Danisha se ensombrecieron.

—¿Qué pasa? ¿Qué estás oliendo?

—Vampiros…

—¡¿Qué?! ¡¿Hay más vampiros por aquí?! —Steve y Niar se abrazaron.

Stephanie tomó varias bocanadas de aire para tranquilizarse.

—¡Argh! —el gruñido que escapó de las entrañas de Danisha, puso a todos a temblar—. Esto no es bueno, nada bueno.

Pero entonces el olor también llenó la nariz de la pequeña bruja que comenzó a retorcerse de asco y terror.

—¡Ese olor, ese maldito olor lo conocería incluso a kilómetros!

—Stephanie —Dani la miró—. Es Scott.

Un rayo de lumbre partió el cielo, y desde lo más profundo de su pecho, un gruñido subió por su garganta hasta desenfundar en sus colmillos. Era increíble el poder tan destructivo con el que Stephanie reaccionaba ante el nombre del vampiro que le había arrebatado todo, del hombre al que le sirvió como experimento, y de quien injustamente las mariposas de su estómago revolotearon cuando conoció su existencia. Scott representaba para ella el odio, el gusto y la intriga, todo a la misma vez que combinado con un potente sentimiento de venganza, haría retumbar a los centros de la mismísima tierra.

Danisha la miró con espanto.

—Steph…

—¿Qué?

—Tus ojos están rojos.

—Tenemos que salir de aquí —Alexa temblaba de miedo. Aquellas palabras: «No tienes ni la mitad del poder que yo tengo» retumbaban en su cabeza como una directa sentencia de muerte. Ella reconocía que Scott era peligroso, pues él la llamó wicca incluso antes de que ella misma aceptara su naturaleza neopagana.

Desesperada volvió a escavar con la idea de encender de nuevo el incienso y así evitar que él pudiese olfatearla y descubrir su ubicación, pero de pronto, un fuerte y espantoso sonido se abrió paso en todo el lugar. La cacofonía provocó que todos cayeran de rodillas al piso y trataran de arrancarse los oídos.

—¡¿Qué es eso?! ¡Alexa, has que se calle!

—¡No puedo, es el chillido que emiten los vampiros!

—¡Eso no es un vampiro!




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