Mortum: El Palacio De Los Vampiros (libro 1)

Cap. 8. El vampiro que alguna vez me vio a los ojos (Parte 2)

—Allá viene.

—¡Oh! —Dani se llevó las manos a la boca— Pobre cosita fea, ¿quién le vendó la nariz de esa manera?

Edwin tenía el rostro inflamado, sus dos enormes ojos saltones enmarcados por una venda blanca y su nariz del tamaño y color de un tomate rojo.

—Me veo precioso, ¿no? —la voz de Edd sonaba fatal.

—Mmmm, bueno, al menos puedes decir que tu nariz es más grande que tu pen…

—¡Danisha!

—¿De verdad están bien? Alexa dijo que a Danisha le dio cólico intestinal.

—¿Alexa te dijo eso? —los ojos oscuros de Dani brillaron de rabia.

Ella y Stephanie los siguieron hasta el interior del aula incluso a sabiendas de que aquello se convertiría en una buena tortura, pues a pesar de que el muchacho tenía la nariz vendada, fue imposible no olfatear el dulce aroma de su sangre que se trasminaba por la tela.

Stephanie se sentía aterrada, tenía miedo de llegar a su límite y de necesitar tanto la sangre de un humano que incluso podría lastimar a las personas que la rodeaban o a sus amigos. Su sed se intensificaba con cada día que pasaba, pues consumir la sangre de los animales, ya sea de animales grandes como los osos, o pequeños como las ardillas, no le daba el placer que necesitaba. Ella sabía que sus fuerzas comenzarían a bajar por causa de eso, y aun así decidió que no podía hacer nada al respecto. No iba a matar personas por más ganas que sintiera.

Aquella noche un fuerte vendaval y tormenta eléctrica azotó a Quitakram como nunca antes lo había hecho. Todo parecía ser perfecto; el clima lluvioso, el sonido de las gotas estrellándose contra los tejados y el ambiente tan sombrío que se formaba seguido de un precioso aroma a tierra mojada. Danisha seguramente estaría cazando en Vermont, Niar estaría envuelto entre docenas de frazadas y Alexa seguramente estaría aprovechando la tormenta para tratar de controlar los elementos del agua y el viento. No obstante, Stephanie no la estaba pasando nada bien. Tenía una terrible sed que constantemente la amenazaba con escapar de su control.

—¡Aaaaaaaaah! —golpeó la ventana y esta se partió en pedazos. El agua entró, el viento tumbó algunos muebles y con su fuerza rompió las cortinas—. ¡Genial, lo que me faltaba! ¡¿Puede ser peor?! —entonces una rama la golpeó en la cabeza.

Humillada y cruelmente sedienta se dirigió al baño para limpiarse el lodo que la rama le había dejado en la frente. Cerró la puerta, ya había quitado el espejo que no le servía de nada, abrió el grifo y el agua tardó algunos minutos en salir.

—¿Ahora qué pasa? —pero cuando golpeó la llave, el grifo se rompió, el agua le salpicó la cara y el lavamanos cayó al piso partiéndose en pedazos.

No dijo nada más, se sentó en el piso y ahí se quedó, cubriéndose los oídos y dejando de pensar. No quería pensar en los días que se volvían un infierno, en su lavamanos roto y en la espantosa sed que le secaba la garganta.

***

La manía se le iba a quitar de estarse alejando del resto cada vez que salían de excursión al bosque de Vermont. Estaba solo, asustado, con frío y tenía hambre. Él, Danisha, Alexa, Stephanie y Steve habían salido de sus casas con la intención de investigar qué había sucedido con Scott y el resto de vampiros que los habían atacado, pero Niar, siendo tan testarudo, se alejó de su equipo sin saber que aquello lo metería en serios, terribles problemas.

—¡¿Alexa!? ¡¿Steve!? ¡¿Hay alguien?! ¡Estoy perdido, muchachos! ¡Danisha, te advierto que si esto es una broma tuya, esta vez sí me las vas a pagar!

Pero nada. Vermont estaba desértico.

El muchacho estaba tan aterrado que incluso rezó porque todo fuese una despiadada broma de Danisha. De pronto, un par de golpes comenzaron a azotarse en el suelo, las piedras se movieron y los árboles comenzaron a temblar. Un roble se movió y de la nada sus raíces cobraron vida; se enterraron en la tierra y salieron por otra perforación en el mismo suelo. Niar gritó con todas sus fuerzas, pero de repente, seis enormes caballos negros y rojos pasaron a su alrededor agitando sus crines oscuras.

—¡¡¡Auxilio!!! —el muchacho se lanzó al suelo, se cubrió la cabeza y rogó porque todo aquello terminase, pero entonces, un séptimo caballo de monumental tamaño apareció llevando sobre de sí a un hombre de gabardina morada, botas grandes y sombrero aterciopelado.

Al principio Niar creyó que iba detrás de él. Pensó que lo mataría, pero con un poco más de atención y menos miedo, el chico supo lo que en realidad estaba sucediendo. Aquel hombre llevaba una cuerda dorada en la mano, la arrojó y esta cayó al mar. Las mareas se agitaban con ferocidad, las nubes de tormenta parecían bailar a su alrededor, y entonces una docena de peces comenzaron a brincar por encima del oleaje; gritaban y huían de la amenaza.

Niar frunció el ceño, trató de levantar la cabeza para ver mejor y entonces las vio. No eran peces, eran sirenas que trataban de escapar.

—¡Niar, ayúdame!

Un grito lo hizo voltear, pero cuando el muchacho trató de saber qué había sucedido con el cazador y las sirenas, todo había desaparecido y él nuevamente se encontraba tendido en la tierra.

—¡Niar!

—¡Steve!




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