Mortum: El Palacio De Los Vampiros (libro 1)

Cap. 19. Un poder casi indomable (Parte 2)

Pasó encerrada tres días y dos noches enteras. Stephanie no había vuelto a pisar los pasillos del instituto, y hasta cierto punto entendía que seguir yendo no tendría caso. ¿Para qué iba? Tantos días de ausencia, tantas tareas perdidas y tantas llamadas de atención la estaban sepultando viva. Sabía que estaba a punto de perder el bimestre, y aunque consiguiera rescatarlo, de qué le serviría terminar el instituto si ella estaba próxima a convertirse en la Mandata del Palacio de los vampiros.

«Cobarde». Se repetía cada vez que caía en cuenta de que, aquella ausencia era porque en realidad no deseaba darle la cara a Alejandro.

Alejandro. Si tan solo ella supiera todo lo que pasó con él, tendría un concepto muy diferente al de ahora. El muchacho no dejó de perseguir a Alexa, a Niar, Derek, Edwin, Danisha, e incluso a Steve con tal de obtener una migaja de información. No la había vuelto a ver desde la revelación, y eso era algo que a él lo calcinaba vivo.

Por su parte, Stephanie aprendió a tenerle miedo. Pensaba que en cualquier momento una muchedumbre de furiosos balefianos irrumpiría en su departamento. La atarían a una carreta y arrastrarían por el pueblo para finalmente quemarla en la plaza principal.

No deseaba morir, si es que a eso se le podría llamar muerte.

Su mismo autocastigo por develar un secreto que ahora pondría en peligro su vida y la de sus amigos, la hizo lastimarse a sí misma. Justo al tercer día de su encierro, ella se sentó frente al viejo computador casi inservible, abrió un buscador y tecleó el nombre que en su momento Alejandro le había mencionado.

—No, no… —necesitó levantarse de la silla y retroceder asustada cuando las fotografías de Guillermo Salamón, junto con sus “trofeos”, salieron en la primera línea de búsqueda.

¿Quién era ese hombre y por qué hacía eso? Ella era un vampiro, un ser abominable que en las leyendas y los cuentos se narraba como una criatura que se alimentaba de humanos. Sin embargo, en la vida real ella no era así. No era mala, y prefirió cazar animales antes de devorar personas. No se podía afirmar categóricamente que aquellos seres también fuesen malos, pero, ¿qué derecho tenía él para destruirlos?

Entonces pensó en ella, en cada criatura mítica y en las brujas; las pobres mujeres que eran cruelmente asesinadas. Pues una vez más, cuando el ser humano se siente estúpidamente amenazado, este suele destruir dicha amenaza.

Fue al quinto día que no soportó su sed y decidió salir a Vermont para cazar. Sabía que salir implicaría una serie de posibles problemas, pues ya la Mandata se lo había advertido. Stephanie estaba próxima a convertirse en la soberana de las tierras mortuanias, lo que significaba que allá afuera, había una infinidad de vampiros, kaenodos, mítridos y villanos con la intención de matarla para que el palacio se destruyera.

Solo quería que las lágrimas brotaran de sus ojos y que el dolor regresara al grado de hacerla sentir viva. Quería desahogarse con alguien, con quien fuera; que la escuchara y no criticara. Stephanie pedía ayuda. Se estaba desmoronando.

—¿Y qué has aprendido después de tanto dolor y de tantas caídas? —entonces se respondió—: Aprendí siempre a sonreír. A que yo puedo ser mi propia reina, mi propia salvadora. Y que si Zacarías y Märah me quieren como su sucesora, entonces yo podría desencadenar mi propio poder. Porque no hay reina más fuerte que yo, y si la hubiera, entonces lo aprendería de mí.

Estaba satisfecha, había devorado un par de venados y ahora regresaba a casa. Se palpó el bolsillo derecho, ahí tenía la llave de la puerta principal, lo que significaba que no pensaba entrar por la ventana como las demás veces. Una reina tiene que entrar por la puerta principal. Pero entonces, aquella misma reina que hasta ese momento se creía indestructible, se quedó petrificada, quieta, con el labio inferior temblando cuando sus ojos negros se encontraron con los de Alejandro.

—Hola —él se levantó. Había estado sentado en el escaloncito de la puerta y tenía los pantalones sucios.

—¿Qué, qué haces aquí?

—¿Recuerdas lo que te dije en el bosque? Aquella vez antes de que… “esas cosas” nos atacaran.

—¿Tengo que responderte?

—No lo hagas. Solo escúchame, por favor. Si lo recuerdas, qué bien por ti, porque todo fue real. No me mires así, Stephanie, por favor. Todos estos días han sido una verdadera tortura.

—No te entiendo.

—¿Qué no entiendes?

—¿No me tienes…?

—¿Miedo? A lo único que tengo miedo es a perderte, Stephanie.

—Ale…

—Sabía lo que eras mucho antes de que esos vampiros nos atacaran. En el bosque, te dije que eras uno de ellos.

—Un vampiro —susurró ella.

—Y no me importó decirte todo lo que te dije, porque si el querer significa enfrentar a lo que mucha gente le teme, entonces yo no te quiero. Yo te amo.

—¿Viste lo peligroso que es el que te quedes a mi lado?

—Entonces necesitaré forjarme una espada, porque pelearé contra ellos.

Finalmente ella sonrió.

—Eres complicado.




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