Mortum: El Palacio De Los Vampiros (libro 1)

Cap. 23. Una princesa con los ojos más tristes que he visto (Parte 1)

Stephanie caminaba al interior de Vermont siendo escoltada por Danisha y Steve. Un llamado de alerta le había advertido que los Pulcros la esperaban en las montañas, y ella no debía perder tiempo. La ceremonia de nombramiento estaba cerca, y aunque a ella le aterraba la idea de regresar al palacio y encontrarse con la Mandata, era algo que debía enfrentar.

—¿Vienen los tres juntos para no perderse? —Danisha se burló de los Pulcros.

—Silencio —Alabaster levantó su mano mostrando su característico gesto que indicaba cuándo debían callarse y dejarlo hablar—. Futura soberana, hemos venido por ti.

—¿Ah sí? Pensé que solo eran sus visitas rutinarias.

—Y nos encantaría que así fuese, pero contemplad la luz de los seis horizontes que llevan a nuestro mundo. El momento se está acercando, y tú, estimada mía, debes ascender al trono para mantener nuestra calma.

Y enseguida de él, Bram tomó la palabra.

—Queremos expresarte cuán fascinados estamos del poder tan grande que tú misma has logrado controlar. ¿Tienes idea de lo que eso significa?

—No, pero supongo que me lo van a decir.

—Que nuestra Mandata está cayendo.

Danisha y Stephanie se miraron.

—Ven con nosotros, futura soberana. Acompáñanos para que te mostremos la ceremonia tan significativa que estamos preparando para recibir tu nombre.

Ella asintió.

—Bien, iremos.

—Sola —sentenció Selem.

Ni a Steve ni a Danisha les agradó la idea, pero una vez que Stephanie accedió, no había nada que ellos dos pudieran hacer. La vieron alejarse.

Mortum parecía estar preparándose para una verdadera fiesta. Había vampiras caminando de un lado a otro con sus vestidos largos mientras llevaban canastas repletas de flores, los hombres encaramados sobre las farolas ayudaban a colocar las decoraciones, pero sin duda alguna, lo que llamó su total atención fue…

—No sabía que en Mortum hubiera caballos.

—No solemos sacarlos, pero tu nombramiento lo requiere —respondió Alabaster en un tono demasiado educado.

—¿Esos caballos están…?

—Son los caballos que han muerto con sus dueños en combate, y que han presenciado la transformación. Muchos de los vampiros que habitan en el palacio fueron soldados civiles activos en las diferentes guerras de los gernardos.

—El Cazador de las Altas Mareas fue uno de ellos, e incluso tiene su propio caballo viviendo aquí —prosiguió Bram.

—¿Sabías que en nuestros establos albergamos a uno demasiado especial?

—Ni siquiera he conocido los establos. Pero, ¿por qué es especial?

—Porque es Zermman, el caballo de Hécate Magnus.

—¿Magnus tenía un caballo?

—Y uno muy querido.

—Cuenta la leyenda que fue Zacarías Carpathia quien se lo regaló.

—¿Cuenta la leyenda? ¿Ustedes no estaban aquí cuando Magnus estuvo vivo?

—Sí que lo estuvimos, pero no cuando Zacarías fue Mandato.

Stephanie miró la entrada principal del castillo imaginándose a Hécate, montando un titánico caballo de pelaje oscuro como la noche y arnés de oro.

—Entra querida, la Mandata te está esperando en su balcón —Alabaster le cedió el paso.

Stephanie caminó atravesando el largo corredor de las pinturas hasta la puerta doble de madera. Al otro lado estaba Märah, y aunque no se veía bien, luchó con todas sus fuerzas para levantarse y saludarla con una reverencia.

—Stephanie, ¡qué gusto que hayas venido! ¿Ya viste cómo los mortuanios están arreglando el palacio para tu nombramiento? El momento de que tomes mi lugar ha llegado.

Steph no pudo hacer otra cosa más que observarla, pues había pequeñas partes de su rostro y de sus brazos que se desprendían y volaban al suelo como trocitos de piel muerta. La Mandata estaba pereciendo, y para la mala suerte de Stephanie, lo hacía rápidamente.

—No te preocupes —soltó Stephanie con frialdad—. Cuidaré el palacio como Zacarías, Magnus y tú lo hicieron.

—¿Te sientes bien, Stephanie? Te siento… extraña.

—No. Sigo siendo la misma.

—Ve a casa, Stephanie, necesitas descansar. Dentro de unos días, cuando la gran ceremonia se lleve a cabo, necesitarás de todas tus fuerzas posibles.

—¿Por qué? ¿Sucederá algo en especial?

—Tendrás que rendirle fidelidad a la Gran Magia, y eso, créeme, requiere de mucha energía. Me ha gustado verte y saber que te encuentras bien.

—A mí también me da gusto que usted esté bien… Mandata —hizo una reverencia y se fue.

El ambiente que quedó después en el castillo, se asemejaba a una basta y densa neblina salobre y filosa. Algo estaba sucediendo en el castillo, pues cuando los Árboles Danzantes comenzaron a moverse incómodos y las nubes de tormenta pronosticaron un cielo todavía más oscuro, una ráfaga de viento entró por el enorme ventanal, movió las cortinas de seda, levantó algunas hojas de los libros abiertos, y la pequeña figurita de arcilla que Märah guardaba en el librero, cayó al suelo y se rompió.




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