Mortum: El Palacio De Los Vampiros (libro 1)

Cap. 25. Da inicio la batalla (Parte 2)

—¿Jurad preservar el orden que la corona ha ofrecido a todo aquel que la porta con el único objetivo de liderar y respetar las reglas establecidas y que nos han protegido?

—Lo juro.

—¿Jurad preservar la voz y el cariño de los Mandatos anteriores, así como sus viejas costumbres y sus viejas tradiciones?

—Lo juro.

—¡Larga vida a la reina!

—¡¡¡Larga vida!!! —los vampiros se levantaron en una ovación.

Kharo miró a Bruce. Había llegado el momento.

—Va tras ella.

—No si lo evitamos.

Pero cuando el Cazador de las Altas Mareas y la Anestesista se pusieron de pie, listos para dar el grito que levantaría una destructora guerra, un grito de mujer resonó en toda la capilla.

—¡Deténganse!

Todos los vampiros miraron hacia sus espaldas, y el asombro fue tan grande que incluso Stephanie se puso de pie.

—¡Stephanie, Selem planea asesinarte! —el grito de Niar reverberó como una poderosa y fatal bomba que terminaría con su vida.

Todo era silencio hasta que Selem decidió hablar.

—Tenéis mucha suerte, Stephanie —sonrió—. Vuestro equipo es simplemente asombroso. Una wicca que muy independiente de controlar los cuatro poderes de la naturaleza, también puede curar cualquier dolor existente en el mundo. Dos vampiros aguerridos que te protegerán, incluso si eso significa poner en juego su vida. Y sobre todo... Tú… —miró fijamente al dúrkel que no dejaba de estremecerse—. Vas a hacer una molesta piedra en mi camino. ¡Larga vida a la Reina…! y también dolorosa muerte.

Niar sintió un ligero apretón en el pecho, y después su sangre le cubrió su camisa y sus manos cuando intentó controlarla, pues Selem le había rebanado el cuello sin la necesidad de tocarlo.

—¡¡¡NIAR!!! —el grito de Alexa fue ensordecedor y casi de inmediato un terrible vendaval destruyó los vidrios de la capilla.

Niar luchó contra su propio peso, y por más que se apretó el cuello, la sangre no dejó de salir y escurrir por sus brazos. Finalmente cayó abatido entre los brazos de Steve que alcanzaron a sujetarlo.

Selem soltó su esfera de cristal y varios cuervos negros salieron volando de ella, se cernieron sobre los vampiros y estos comenzaron a gritar.

—¡Atacadlos! —ordenó y de inmediato los vampiros que ella controlaba surgieron del interior de los presentes y comenzaron a someterlos.

Allá afuera el caos también se estaba levantando, pues se oía perfectamente a los guardias gritar, a los caballos relinchar y a la magia negra que se esparcía por las calles y las paredes.

—Alexa, por favor deja de llorar —Danisha se arrodilló para tratar de desprenderla del cuerpo inerte de Niar, pues entre más gritaba y el dolor se acrecentaba en su corazón, el clima y los vientos empeoraban.

—¡Capturar a la Mandata y a los Pulcros! ¡Encerradlos en los calabozos! ¡Y traedme a la cuarta Mandata que yo me encargaré de destrozarla!

Los vampiros salieron corriendo, huían de los látigos de armas del ejército mientras los guardias se disputaban en una pelea que por más que lo intentaran no podrían ganar, pues aquello era una magia demoniaca, plagada de maldad y sumamente poderosa.

—¡Alexa, suéltalo, está muerto!

—¡NO! ¡NIAR!

Derek y Edwin sacaron sus arcos y comenzaron a lanzar flechas hacia los vampiros, teniendo un buen, aunque no perpetuo, control de sus ataques. Dando el tiempo suficiente para que un enorme caballo, con el tono de la noche, el crin de las montañas y los ojos volcánicos se abriera camino al interior y recogiera a la cuarta Mandata.

—Stephanie, te sacaré de aquí —Bruce le extendió la mano, logró montarla en el animal y salió galopando con la rapidez que tiene el rayo al caer.

—¡Muévete, idiota! —Steve tomó entre sus brazos a Alejandro y salió corriendo antes de que el ejército de Selem pudiera lastimarlo.

Dos guardias más sujetaron a Derek y Edwin y también los ayudaron a salir, no sin antes sentirse mareados por el fuerte olor de la verbena que estos cargaban en sus bolsillos.

—¡Alexa! —Danisha abrazaba el cuerpo de la wicca mientras esta no dejaba de llorar la muerte de su amado. Y cuando consiguió alejarla, el cuerpo de Niar se quedó solitario en medio de aquel imperdonable caos.

—¿A dónde me llevas, Bruce? —le preguntó Stephanie cuando el caballo se dirigió al interior de un valle.

—Tranquila, señorita. Estará a salvo conmigo.

—Pero ¡¿y mis amigos?! ¡¿En dónde están mis amigos?!

—Vienen atrás.

—¡¿Viste lo que esa, maldita le hizo a Niar?! ¡Me lo ha matado! Tengo que volver y destriparla. ¡No voy a dejar que las cosas terminen así!

—Stephanie, te ruego que te calmes, y te recuerdo que la tercer Mandata también se ha quedado ahí.

—Märah nunca me quiso lastimar, y yo fui una estúpida por creer que ella era la de la idea de asesinarme. Bruce, tienes que permitirme volver. ¡Tengo que ir por ella, tengo que vengar a mi Niar y tengo que saber qué pasará con los vampiros!




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