Mounstros En Cacería

Capítulo 10: La Jaula de Oro

☆࿐ཽ༵༆༒ ᴍᴏᴜɴsᴛʀᴏs ᴇɴ ᴄᴀᴄᴇʀɪ́ᴀ ༒༆࿐ཽ༵☆

Habían pasado tres meses desde que desperté en aquella cápsula, y mi realidad se había transformado en una rutina de lujo y violencia.

Igna nos había mudado a lo que ella llamaba "El Hábitat": un Penthouse inmenso construido en los niveles superiores de la instalación subterránea de la OHM. Si cerrabas las cortinas y no mirabas las cámaras de seguridad que parpadeaban en cada esquina, casi podías olvidar que estábamos a cincuenta metros bajo el suelo de Moscú.

El salón era gigantesco, con un sofá en forma de "U" donde cabíamos todos, una televisión de ochenta pulgadas y todas las consolas de videojuegos imaginables. Teníamos habitaciones privadas con baños que parecían de hotel de cinco estrellas. La cocina siempre estaba llena; la despensa parecía un supermercado infinito de proteínas, dulces para Tyler y lujos que ninguno de nosotros recordaba haber probado antes.

Aunque la convivencia había mejorado un poco tras compartir entrenamientos y miedos, siempre había disgustos, y la mayoría venían por parte de Dakota.

​Esa mañana, el olor a carne y café recién hecho llenaba el aire. Tyler y Tiffany estaban en plena competencia de un juego de lucha en la pantalla gigante; sus dedos se movían a una velocidad que solo sus reflejos mejorados permitían. Zack estaba sentado en la barra de la cocina, limpiando un cuchillo con esa calma suya que me hacía dudar si alguna vez dormía.

​—¿Otra vez lo mismo? —La voz de Dakota cortó el ambiente como un cuchillo.

Estaba de pie frente a la despensa abierta, señalando los suplementos alimenticios que Igna nos obligaba a tomar junto con la comida. Su cabello rojo parecía más brillante bajo las luces LED, o quizás era su temperamento lo que lo hacía resaltar.

—Es comida, Dakota. Y es mejor que el puré que nos daban al principio —dijo Alba, acercándose con una sonrisa conciliadora mientras sostenía una taza de té entre sus manos blancas.

​—¡No es comida, Alba! —estalló Dakota, cerrando la puerta de la despensa con un golpe que hizo vibrar los vasos—. Es alpiste para que estemos contentos mientras nos preparan para el matadero. ¿Nadie más se da cuenta? Estamos viviendo en un maldito aparador. ¡Miren esto!

Dakota señaló el sofá de terciopelo con desprecio.

—Nos dan videojuegos para que no pensemos. Nos dan comida cara para que no preguntemos por qué no podemos salir a ver el sol de verdad. Y tú, Odette... —me miró con sus ojos verdes encendidos—, tú eres la que mejor se adapta. ¿De verdad te gusta ser la mascota favorita de Igna?

Me tensé. Mis dedos se cerraron sobre el borde de la mesa de madera maciza y escuché un leve crujido. Mi fuerza siempre reaccionaba antes que mi paciencia.

​—No soy su mascota, Dakota —respondí con voz baja—. Pero pelear entre nosotros no nos va a sacar de aquí. Necesitamos estar listos. El entrenamiento se vuelve más duro cada día.

​—¡Porque nos están fabricando para hacer una misión suicida! —gritó ella, y por un segundo, una pequeña chispa saltó de sus nudillos, quemando el aire.

Alba dejó su té y, sin decir nada, se acercó a Dakota. Fue un momento de silencio absoluto; incluso los hermanos Zverev soltaron los controles de la consola. Alba puso una mano en el brazo de Dakota. No usó su telepatía para forzar la calma, simplemente estuvo ahí, siendo su anclaje.

Poco a poco, los hombros de Dakota bajaron. El fuego invisible en sus ojos se apagó, reemplazado por una fatiga profunda.

​—Solo... no quiero olvidar quién soy —susurró Dakota, tan bajo que solo nosotros pudimos oírla—. Pero no recuerdo nada antes de esa cápsula. Siento que si me quedo en este sofá demasiado tiempo, la persona que era antes morirá del todo.

​Zack levantó la vista de su plato.

—La persona que eras antes ya no existe, Dakota. Ahora somos el equipo de limpieza de la OHM. Y pronto bajaremos a los laboratorios deshabilitados. Igna dice que los monstruos están ganando terreno.

​La mención de las criaturas enfrió el ambiente más que el poder de Zack. Esos eran los experimentos fallidos; seres que, según Igna, no tuvieron nuestra suerte.

Miré a mi equipo. En el Penthouse parecíamos jóvenes normales, pero al ver el arma blanca de Zack y la bolsa de paletas de Tyler, recordé la verdad: éramos armas en una jaula de oro, y la puerta estaba a punto de abrirse para nuestra primera misión real en el subsuelo de Moscú.




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