☆࿐ཽ༵༆༒ ᴍᴏᴜɴsᴛʀᴏs ᴇɴ ᴄᴀᴄᴇʀɪ́ᴀ༒༆࿐ཽ༵☆
La fogata crepitaba en el centro de la carpa, lanzando sombras danzantes contra las paredes de lona. Estábamos dispuestos en círculo, sentados sobre nuestros sacos de dormir, pero nadie parecía tener sueño. El calor del fuego era reconfortante, un recordatorio de que todavía estábamos en el mundo de los vivos, antes de descender a las entrañas de la tierra.
La Ruta del Abismo.
A unos metros de la hoguera, la mesa de metal sostenía el mapa que Igna nos había entregado. Las líneas rojas que marcaban nuestra ruta parecían heridas en el papel.
—Entraremos por el hueco del ascensor de carga —dijo Zack, señalando un punto en el diagrama—. Es la vía más directa al primer nivel de laboratorios. De ahí, pasaremos por las zonas de refrigeración hasta llegar a los conductos de ventilación que conectan con el núcleo.
Provisiones y Supervivencia.
Junto a la mesa, seis mochilas tácticas descansaban listas para ser cargadas. Cada una pesaba lo suficiente como para recordar que estaríamos solos durante mucho tiempo.
Comida y Agua: Cada mochila contenía raciones de comida enlatada de alta densidad calórica y tres botellas de agua. Sabíamos que debíamos racionarla; bajo tierra, el agua limpia sería un tesoro.
El Seguro de Vida de Tyler: Había una bolsa adicional, notablemente más pesada, llena de paletas y dulces de glucosa pura. Tiffany se encargó de guardarla personalmente en la mochila de su hermano, asegurándose de que el cierre estuviera bien ajustado.
Armas y Herramientas: Zack revisaba sus cuchillas por décima vez bajo la luz del fuego, mientras Dakota jugueteaba con un encendedor, observando la llama con una mezcla de ansiedad y deseo.
Un Silencio Diferente.
Alba rompió el silencio, con la mirada perdida en las brasas.
—¿Creen que los sobrevivientes nos tengan miedo? —preguntó en voz baja—. Si nos ven llegar... con estos ojos, con estos poderes... ¿sabrán que estamos allí para salvarlos o pensarán que somos más monstruos de la OHM?
Tyler dejó de juguetear con el envoltorio de un caramelo y miró a Alba.
—Si nos tienen miedo, es que todavía son humanos —respondió con una sonrisa triste—. Pero mientras nos dejen sacarlos de ahí, no importa lo que piensen.
Me levanté y caminé hacia la mesa, observando el mapa. Sentía la vibración de mi propio corazón, potente y constante. Mi regeneración estaba al cien por cien, mis músculos tensos como cuerdas de piano.
—Duerman un poco —dije, mirando a cada uno de mis compañeros—. Mañana a primera hora, el Sector Gamma dejará de ser un mapa en una mesa y se convertirá en nuestra realidad. Tenemos dos días y medio para demostrar que somos más de lo que Igna diseñó.
Me envolví en mi saco de dormir, pero mis ojos grises se quedaron fijos en la entrada de la carpa, donde el viento de Moscú aullaba, recordándonos que el invierno de la superficie era nada comparado con el infierno que nos esperaba abajo.