☆࿐ཽ༵༆༒ ᴍᴏᴜɴsᴛʀᴏs ᴇɴ ᴄᴀᴄᴇʀɪ́ᴀ ༒༆࿐ཽ༵☆
A las 8:00 a. M., el campamento "Vostok" ya era un hervidero de actividad. No hubo necesidad de órdenes; el peso de la misión nos despertó antes que el sol. Nos ajustamos las correas de las mochilas, comprobamos la carga de los intercomunicadores y nos aseguramos de que cada arma estuviera en su sitio.
El Hospital de los Gritos Mudos.
Los soldados nos escoltaron en un vehículo blindado hasta un pequeño hospital abandonado a pocos kilómetros del campamento. Por fuera, parecía una clínica soviética en ruinas: ventanas rotas, paredes descascaradas por la humedad y una vegetación muerta que trepaba por los muros. Era la fachada perfecta. Nadie en Moscú sospecharía que bajo ese edificio en descomposición se encontraba el centro de investigación más avanzado y peligroso del mundo.
—Mantengan los ojos abiertos —murmuró Zack, adelantándose. Su piel pálida parecía mimetizarse con el mármol sucio del vestíbulo.
Caminamos por pasillos llenos de camillas oxidadas y papeles amarillentos hasta llegar a la parte trasera. Allí, detrás de una doble puerta de metal pesado, estaba el hueco del ascensor.
El Descenso al Vacío.
El ascensor estaba completamente destrozado. La cabina se había desplomado hacía meses, dejando solo un agujero negro y profundo que parecía no tener fin. Un cable de acero colgaba solitario, perdiéndose en una oscuridad absoluta que el haz de nuestras linternas apenas lograba arañar.
—Son trescientos metros de caída libre si fallan —dijo el soldado que nos guiaba, señalando las poleas de emergencia que habían instalado para nosotros—. Bajen de uno en uno.
—Yo iré primero —anuncié. Como "el tanque" del equipo, si algo nos esperaba abajo, mi regeneración me daría una oportunidad que los demás no tendrían.
Me enganché al arnés y puse las manos sobre el cable frío. Al mirar hacia abajo, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Alba se acercó y me puso una mano en el hombro.
"Ten cuidado, Odette. Abajo... el aire se siente pesado. Como si la oscuridad tuviera masa", escuché su voz en mi mente, cargada de una advertencia que me erizó la piel.
Asentí y me lancé al vacío. El siseo del mosquetón contra el cable fue el único sonido mientras el pequeño cuadro de luz del hospital abandonado se hacía más y más pequeño sobre mi cabeza. Estábamos dejando atrás el mundo de los humanos para entrar en el dominio de los monstruos. El Laboratorio Gamma nos estaba esperando