☆࿐ཽ༵༆༒ ᴍᴏᴜɴsᴛʀᴏs ᴇɴ ᴄᴀᴄᴇʀɪ́ᴀ ༒༆࿐ཽ༵☆
El olor a putrefacción en el Piso -2 no era una mancha estática como en el nivel superior; era un aroma denso, húmedo y activo, como si el aire mismo se estuviera descomponiendo. A medida que avanzábamos, el silencio de las escaleras fue reemplazado por una sinfonía de pesadilla: el eco lejano de pasos pesados, rugidos ahogados que hacían vibrar las tuberías y marcas de garras tan profundas en las paredes de metal que parecían haber sido hechas por cuchillos al rojo vivo.
Llegamos a una intersección donde las luces rojas parpadeaban con una frecuencia errática. Sobre el dintel de una puerta de cristal doble, ahora reducida a fragmentos brillantes en el suelo, se leía un cartel que me heló la sangre: "Área Canina".
El cristal estaba salpicado de sangre seca, formando patrones que indicaban una lucha desesperada desde el interior. Entramos. Era un pasillo inmenso, flanqueado por jaulas cuyas barras de acero reforzado estaban dobladas hacia afuera como si fueran simples alambres. La oscuridad aquí era más profunda, una boca de lobo que nuestras linternas apenas lograban desafiar.
—Odette... —la voz de Alba no fue un susurro, fue un grito mental que me sacudió el cráneo.
Me detuve en seco. Sentí el cambio en la presión del aire.
—Algo viene —dijo Zack al mismo tiempo. Sus ojos azules eléctricos se fijaron en la negrura al final del pasillo—. Es grande. Muy grande. Y está caliente. Su firma térmica es una hoguera en movimiento.
A unos diez metros de nosotros, la oscuridad se movió. No era una sombra, era una masa de músculo y escamas. La criatura emergió lentamente, revelando un cuerpo de cuatro patas que se alzaba casi tres metros del suelo. No era un perro, era una aberración: su piel parecía haber sido arrancada y reemplazada por placas óseas, y de sus fauces goteaba una saliva ácida que siseaba al tocar el suelo.
—Formación de defensa —ordené, sintiendo cómo mis músculos se tensaban hasta el límite—. Dakota, a la izquierda. Zack, conmigo.
El animal soltó un rugido que hizo que los pocos cristales que quedaban en pie estallaran. Sus ojos, amarillos y hambrientos, se clavaron en los míos. El experimento fallido del Área Canina, sus dientes buscaban algo que morder y su estómago algo que ingerir.
—Tiffany, prepárate —susurré sin apartar la vista de la bestia—. Vamos a necesitar que lo dejes sordo antes de que nos alcance.