Mounstros En Cacería

Capítulo 25: El Refugio de Titanio

☆࿐ཽ༵༆༒ Mounstros en cacería ༒༆࿐ཽ༵☆

​Desplegué el mapa sobre la superficie rugosa de una mesa de metal volcada. La luz de mi linterna temblaba un poco mientras mis dedos trazaban la ruta. Estábamos en una intersección crítica del Piso -2.

​—Aquí —dije, señalando un punto apenas visible en el diagrama—. Si avanzamos por estos tres pasillos hacia el este, encontraremos una puerta de acceso a un túnel de servicio técnico.

El mapa indicaba que el túnel era corto, pero conducía directamente a una Sala de Control Secundaria. Según las especificaciones de la OHM, ese lugar estaba equipado con puertas reforzadas de titanio y cristales blindados. Estaba diseñado para ser un búnker interno en caso de brechas de seguridad biológica.

—Es el lugar más seguro de todo este nivel —añadí, mirando a Alba, que todavía recuperaba el aliento—. Si las puertas están intactas, nada podrá entrar mientras descansamos.

Dakota se acercó, ajustándose uno de sus guanteletes que todavía emitía un leve olor a quemado. Miró el mapa con desconfianza, sus ojos verdes moviéndose con rapidez.

​—Suena demasiado bien, Odette —gruñó ella, cruzándose de brazos—. Recuerda que nada en este laboratorio está como debería. Hay una posibilidad muy alta de que esa sala también esté en ruinas o, peor aún, que los monstruos hayan tenido la misma idea que nosotros y la hayan convertido en su nido.

​—Zack puede rastrear antes de entrar —intervine, tratando de mantener la calma en el grupo—. Y yo abriré la puerta. Si hay algo dentro, se encontrará conmigo primero.

—No tenemos otra opción —dijo Zack, cuya voz siempre parecía enfriar la tensión—. Quedarnos en este pasillo abierto es un suicidio. El olor a sangre de esa criatura atraerá a otros carroñeros en cuestión de minutos. El túnel es nuestra mejor apuesta.

Tyler, que ya había terminado su paleta y recuperado un poco de color en el rostro, se puso de pie y cargó su mochila.

—Entonces movámonos. Cuanto antes lleguemos a ese titanio, antes podré comer algo que no sepa a plástico y azúcar.

Formamos de nuevo. Yo iba a la cabeza, con el mapa memorizado y los puños listos. Atravesamos los pasillos en silencio, esquivando restos de equipo médico y charcos de esa extraña baba negra. Al llegar a la pesada puerta del túnel, sentí un escalofrío. El metal estaba frío, pero no era el frío natural del subsuelo; era una frialdad que parecía emanar del vacío que nos esperaba al otro lado.

—Prepárense —susurré—. Si Dakota tiene razón, esto no va a ser un descanso, sino otra pelea.




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