☆࿐ཽ༵༆༒ mounstros en cacería ༒༆࿐ཽ༵☆
A medida que avanzábamos hacia la entrada del túnel, la atmósfera del Laboratorio Gamma volvió a mutar. El aire pesado y húmedo del Área Canina fue reemplazado por un calor seco, una temperatura que subía con cada paso que dábamos. Mis sensores biológicos lo notaron de inmediato: mi piel no necesitaba regenerarse, pero el calor me obligaba a respirar más rápido.
Llegamos a la puerta de acceso. Era una plancha de metal macizo con un panel numérico a un lado. Las luces del teclado parpadeaban en un rojo mortecino, esperando un código que ninguno de nosotros tenía.
No perdí el tiempo. Me adelanté y encajé mis dedos en la junta donde el metal se unía al marco. Sentí la resistencia del mecanismo hidráulico, pero mi superfuerza no entendía de cerraduras. Con un rugido de esfuerzo, tiré hacia atrás. El metal crujió, los pernos saltaron como balas contra el suelo y la puerta cedió, deslizándose con un chirrido agónico que reveló la boca del túnel.
El interior era una garganta de absoluta oscuridad.
Encendimos las linternas. El haz de luz reveló un túnel de servicio mucho más antiguo que el resto de las instalaciones. En el suelo, unas viejas vías de tren polvorientas se extendían hacia el infinito, recordatorios de cómo se transportaba el material pesado antes de que la OHM automatizara todo. El lugar estaba seco, cubierto por una capa de polvo grisáceo que se levantaba con nuestro caminar.
Justo al lado de la entrada, un mapa amarillento y descascarado estaba pegado a la pared con cinta industrial. Zack se acercó a inspeccionarlo.
—Estas vías conectan los núcleos de energía de los tres pisos inferiores —explicó, señalando las líneas negras—. Es una línea recta hacia la Sala de Control.
Lo más extraño era el sonido. No había goteos. En su lugar, las tuberías oxidadas que recorrían el techo estaban rotas en varios puntos, pero no soltaban líquido. De las grietas emanaba un viento cálido, un soplido constante que traía consigo un olor a metal quemado y ozono.
—Ese aire viene de más abajo —dijo Dakota, entrecerrando los ojos. Por primera vez en todo el trayecto, no parecía molesta; el calor le devolvía la energía que la humedad le había robado—. Algo está sobrecalentando los niveles inferiores.
—Caminen por las vías —ordené, ajustándome la mochila—. El suelo seco es mejor para nosotros, pero no se confíen. Este túnel es demasiado estrecho; si algo nos ataca aquí, no tendremos espacio para maniobrar.
Avanzamos por el túnel, con el sonido de nuestras botas resonando sobre el metal de las vías. El viento cálido nos golpeaba la cara, como si el laboratorio mismo estuviera respirando sobre nosotros, dándonos la bienvenida a una profundidad donde el frío de la superficie era ya un recuerdo borroso.