Mounstros En Cacería

​Capítulo 34: El Despertar del Héroe a la Fuerza

☆࿐ཽ༵༆༒ Mountros en Cacería༒༆࿐ཽ༵☆

El ambiente en la Sala de Control se volvió más denso cuando Daniel comenzó a preparar su equipo. Verlo rebuscar en un viejo casillero metálico, con las manos aún temblando por el último temblor, nos hizo darnos cuenta de que estábamos arrastrando a un civil al corazón de la tormenta.

—¿Estás seguro de esto, Daniel? —pregunté, ajustándome las placas de titanio—. Una vez que crucemos esa puerta, no habrá vuelta atrás.

Daniel no respondió de inmediato. Sacó una mochila táctica desgastada y comenzó a llenarla con latas de comida y barritas energéticas. Luego, con un movimiento solemne, extrajo un maletín de plástico rígido. Al abrirlo, reveló una pistola de aire comprimido cargada con dardos de punta brillante.

—Es un compuesto de etorfina concentrada —dijo Daniel, revisando el cargador con una pericia que no esperaba de un veterinario—. No mata a los especímenes, pero ralentiza su metabolismo. A un Velocista le daría sueño; a un Canino lo dejaría ciego por unos minutos.

La advertencia de la podredumbre.

Daniel se detuvo frente a la salida, mirando hacia el sistema de ventilación que zumbaba sobre nosotros. Su rostro se volvió sombrío.

—Hay algo más que deben saber antes de bajar al Piso -3 —susurró—. Todos temen a los Velocistas por su rapidez, pero hay algo peor en las sombras: las Babosas.

Tyler detuvo el movimiento de su paleta. Tiffany se acercó más a Daniel, escuchando con atención.

—Son masas gelatinosas, viscosas y siempre húmedas —continuó Daniel—. Viven en las rejillas de las alcantarillas y en las tuberías de drenaje. Algunas son negras, otras verdes, y desprenden un olor a putrefacción que te quema la nariz. Lo peor no es verlas, sino sentirlas. Tienen un ácido gástrico externo. Si una de esas cosas te atrapa, empiezas a descomponerte mientras estás vivo. No hay tiempo para regeneración, Odette; el ácido disuelve los tejidos más rápido de lo que tu cuerpo puede cerrarlos. Si te tragan, te conviertes en parte de ellas antes de que puedas pedir ayuda.

​El pacto del equipo.

Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Dakota rompió la tensión, cruzándose de brazos y dejando que una pequeña llama bailara entre sus dedos.

​—Genial. Más cosas que huelen mal y quieren comernos —gruñó Dakota, mirando a Daniel a los ojos—. Escucha, veterinario: si piensas morir hoy, al menos muere haciendo algo útil. Sé un héroe por una maldita vez en tu vida.

Daniel tragó saliva, pero esta vez no bajó la mirada. Se ajustó las correas de la mochila y asintió con una firmeza que no le habíamos visto antes.

—Está bien. Si voy a morir, será ayudándolos a salir de este agujero.

Tiffany le puso una mano en el hombro, dándole un apretón reconfortante.

—Te protegeremos, Daniel. Lo prometo.

Hacia el nido de las sombras.

​Me acerqué a la consola y desactivé el sello de seguridad. La luz ámbar de la sala se apagó, dejándonos solo con el haz de nuestras linternas. El Velocista, según nuestros cálculos, ya debería estar en su letargo profundo de dos horas.

—Formación de diamante —ordené—. Daniel en el centro. Zack, tú abres el camino; tu visión térmica es nuestra mejor defensa contra el frío de las Babosas. Tiffany, vigila el techo. Dakota, tú eres el fuego de cobertura.

Salimos de la Sala de Control. El aire del pasillo nos recibió con un frío renovado. Al pasar por las rejillas de ventilación, ahora las mirábamos con un miedo diferente. El Laboratorio Gamma ya no era solo una estructura de metal; era un ecosistema de pesadilla donde cada gota de humedad podía ser el final de nuestra historia.




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