☆࿐ཽ༵༆༒ Mounstros en cacería༒༆࿐ཽ༵☆
El impacto del agua fue como una explosión controlada. Al hundir mis puños de titanio en el centro del cristal reforzado, la presión acumulada del túnel hizo el resto. El vidrio estalló en mil pedazos y una marea de agua residual, huesos y suciedad nos succionó hacia el interior del Piso -3.
Caímos rodando sobre el suelo metálico, empapados de pies a cabeza en aquella inmundicia. El agua se extendió rápidamente por los pasillos, llenando las ranuras del suelo y chocando contra las paredes de cemento pulido. Al levantar la luz de mi linterna, lo primero que vi fue la placa metálica grabada: PISO -3: PSICOLOGÍA EXPERIMENTAL.
Los Hongos de Alba.
Alba fue la primera en ponerse en pie, pero se detuvo en seco, señalando con dedos temblorosos las esquinas superiores de los muros.
—Miren eso... —susurró, con la voz cargada de una extraña fascinación.
A pesar de la oscuridad, un brillo tenue y enfermizo emanaba de las esquinas. Pequeños racimos de hongos morados, con sombreros aterciopelados y poros que palpitaban suavemente, crecían en las grietas. Con la llegada del agua, los hongos comenzaron a soltar una fina nube de esporas que brillaban como polvo de estrellas en el aire húmedo.
—¡No los toquen! ¡Ni siquiera los huelan! —gritó Daniel, tapándose la nariz con el antebrazo—. Son hongos alucinógenos cultivados por la OHM. Sus esporas atacan directamente el sistema nervioso. Necesitamos las máscaras de filtrado; la sala de equipo está a dos pasillos de aquí. Si no llegamos pronto, empezaremos a ver cosas que no están ahí.
El Cadáver en la Sala de Resonancia.
Avanzamos a toda prisa, con el agua chapoteando bajo nuestros pies, hasta entrar en un salón inmenso lleno de máquinas de resonancia magnética y escáneres cerebrales. El lugar parecía una escena de guerra quirúrgica.
En el centro de la sala, bajo un arco de metal frío, yacía uno de los Caninos. La bestia, de más de dos metros de largo, estaba tirada de costado sobre un charco de sangre negra. Su visión era dantesca: tenía el estómago abierto de arriba a abajo, con las costillas blancas y afiladas expuestas como las vigas de un edificio derruido. Sus entrañas habían sido devoradas limpiamente, dejando un hueco vacío donde debería estar su corazón y sus pulmones.
—Algo lo mató... y no fue por hambre —murmuró Zack, analizando las marcas de mordidas en el hueso—. Algo se alimentó de él mientras aún estaba vivo.
—Lo que sea que haya hecho esto —dije, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado por el efecto de los hongos—, sigue aquí con nosotros. Y ahora tiene más presas para elegir.
Miré a Daniel, quien señalaba frenéticamente una puerta metálica al fondo del salón.
—¡Las máscaras! —jadeó—. ¡Rápido, antes de que el morado nos nuble el juicio!