Mounstros En Cacería

Capítulo 41: Los Jardineros de la Locura

☆࿐ཽ༵༆༒ Mounstros en cacería ༒༆࿐ཽ༵☆

El impacto de la máscara de gas sobre mi rostro fue violento, pero el chorro de oxígeno puro actuó como un latigazo mental. La visión de la niña de ojos azules se distorsionó, perdiendo su brillo hasta convertirse en una mancha morada que se desvaneció en el aire estéril. Daniel estaba allí, jadeando, empujándome con una desesperación que no le conocía.

—¡Despierten! ¡Maldita sea, despierten! —gritaba Daniel, colocándole la última máscara a Alba, quien seguía perdida en sus sollozos—. ¡Los Duendes están aquí! ¡Si no se mueven, nos van a devorar mientras dormimos de pie!

El Acecho de los Duendes.

Sacudí la cabeza, tratando de enfocar la vista. Entre la bruma de esporas moradas, las sombras comenzaron a tomar forma. No eran ilusiones. Eran criaturas de apenas un metro de altura, con una piel blanca y correosa que parecía pegada a sus huesos. Sus extremidades eran largas y delgadas, terminando en garras negras que rascaban el metal del suelo con un sonido chirriante.

Lo más aterrador eran sus cabezas: tenían hongos alucinógenos incrustados directamente en el cráneo, creciendo como sombreros biológicos que palpitaban al ritmo de sus corazones. Sus rostros estaban dominados por ojos negros inmensos que reflejaban nuestras linternas y una sonrisa diabólica llena de colmillos amarillentos y afilados, diseñados para desgarrar carne con la facilidad de una piraña.

—Son los "Jardineros" del Piso -3 —susurró Daniel, retrocediendo hacia el centro del grupo—. Cultivan los hongos para atontar a sus presas. Son astutos, solo buscan comida fácil.

​El Contraataque.

​Había seis de ellos, moviéndose en semicírculo, siseando con un sonido que recordaba al metal retorciéndose. Uno de ellos se lanzó hacia Tyler, quien seguía aturdido por la visión de sus padres. Sus garras estaban a centímetros de la garganta del chico.

—¡Dakota, ahora! —rugí, recuperando el control de mis músculos de titanio.

Dakota, aún con lágrimas en los ojos pero con una furia renovada por el dolor de su recuerdo, extendió las manos. No lanzó una ráfaga, sino un muro de fuego intenso que iluminó el pasillo como un sol artificial.

El efecto fue inmediato. Los Duendes soltaron un chillido agudo y ensordecedor, cubriéndose los enormes ojos negros con sus garras. Son extremadamente sensibles a la luz y al calor; su piel albina comenzó a ampollarse al contacto con la radiación de Dakota.

​—¡Les da miedo el fuego! —gritó Tiffany, cuya máscara amplificaba su respiración agitada—. ¡Manténganlos a raya!.

Me lancé hacia el Duende más cercano antes de que pudiera recuperarse. Mi puño de titanio impactó contra su pecho delgado, lanzándolo contra la pared con tal fuerza que los hongos de su cabeza estallaron en una nube de esporas inofensivas ahora que teníamos las máscaras.

​—No dejen que se acerquen —ordené, formando un círculo protector alrededor de Alba y Daniel—. Estos bichos no son fantasmas. Son carne y hueso, y hoy no van a cenar.




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