☆࿐ཽ༵༆༒ mounstros en cacería༒༆࿐ཽ༵☆
El contraste entre el pasillo inundado de inmundicia y la pulcritud de la oficina del Dr. Vane nos golpeó como una bofetada. Al cruzar el umbral, el chapoteo del agua cesó; la pequeña rampa en la entrada había actuado como un dique, manteniendo la alfombra de color gris oscuro seca, aunque impregnada de un olor a encierro y polvo antiguo.
Cerramos la pesada puerta a nuestras espaldas. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el pitido de los filtros de nuestras máscaras. Estábamos a salvo del agua, pero no de la sensación de que acabábamos de entrar en el santuario de un fantasma.
El Retrato de la Elegancia.
Sobre el escritorio de madera pulida, una fotografía enmarcada atrajo mi atención. En ella, el Dr. Aris Vane posaba con una elegancia que resultaba casi insultante en este entorno. Era un hombre de rasgos finos, con una barba negra larga y cuidada, y el cabello del mismo tono peinado hacia atrás con precisión. Sus lentes de montura delgada le daban un aire intelectual y severo. Parecía más un filósofo que un hombre capaz de diseñar torturas mentales en el Piso -3.
—Él era el arquitecto de este nivel —susurró Daniel, mientras Tyler y Zack lo sentaban con cuidado sobre la alfombra—. Creía que el dolor era la única llave para desbloquear el potencial humano.
El Botiquín de Nivel 4.
No perdí tiempo analizando los estantes llenos de libros y documentos que el tiempo había vuelto obsoletos. Fui directa al escritorio. En el segundo cajón, tras una cerradura electrónica que cedió fácilmente ante la presión de mi pulgar, encontré lo que buscábamos: un maletín metálico con el sello de emergencia de la OHM.
—Aquí está —dije, abriendo el botiquín. Dentro había viales de suero sintético, gasas inteligentes que aceleraban la coagulación y potentes antibióticos diseñados para combatir infecciones de laboratorio.
El Observatorio Privado.
Mientras Alba ayudaba a Daniel con la medicina, me acerqué al gran ventanal que dominaba la pared frontal. Era un cristal blindado con un tratamiento especial: un espejo unidireccional. Desde nuestra posición, podíamos ver el pasillo oscuro por el que acabábamos de llegar, iluminado intermitentemente por las luces de emergencia que chispeaban bajo el agua. Pero cualquiera que estuviera afuera solo vería su propio reflejo en el vidrio.
—Es perfecto —murmuró Dakota, acercándose a la máquina expendedora de snacks de dieta y agua que había en la esquina—. Podemos vigilarlos sin que sepan que estamos aquí.
Miré hacia afuera. El agua seguía subiendo lentamente en el pasillo, y entre las sombras, creí ver el brillo de unos ojos negros observando el ventanal. Los Duendes sabían que estábamos cerca, pero por ahora, este pequeño cuadrado de alfombra y cristal era nuestro único territorio libre en el infierno.