Mounstros En Cacería

Capítulo 45: El Asedio Silencioso

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Mientras Daniel soltaba un suspiro de alivio al sentir el efecto de los antibióticos, la tensión se trasladó de la herida física a la amenaza que acechaba tras el vidrio.

Dakota, con los nervios a flor de piel por los recuerdos del hongo, se acercó a la máquina expendedora en la esquina. Introdujo una moneda golpeada y marcó el código de una botella de agua. El motor rugió, la espiral giró, pero la botella se quedó enganchada, colgando de forma burlona.

—¡Maldita sea! —gruñó Dakota, con las manos empezando a soltar chispas de frustración—. ¡Incluso las máquinas en este piso quieren hacernos la vida imposible!.

Me acerqué antes de que perdiera el control y terminara derritiendo el aparato. Con un movimiento seco y preciso de mi brazo de titanio, le di un golpe lateral a la estructura metálica. El cristal vibró y la botella cayó pesadamente al fondo.

​—Tómala —dije, entregándosela—Necesitamos que mantengas la cabeza fría.

La marea blanca.

—Chicos... T-tenemos un problema.

​La voz de Tyler, rota y temblorosa, nos hizo girar de inmediato. Estaba pegado al ventanal blindado, con las manos apoyadas en el vidrio y el rostro pálido.

Nos acercamos lentamente. Lo que vimos al otro lado hizo que el aire se sintiera más pesado. El pasillo, que antes estaba vacío y sumergido en agua estancada, ahora era un hervidero de movimiento. Docenas de Duendes llenaban cada espacio visible. Estaban encaramados a las tuberías del techo, agachados sobre las máquinas de resonancia magnética y amontonados en el agua, formando una alfombra de piel blanca y ojos negros.

​No intentaban entrar. Simplemente estaban allí, esperando.

El lenguaje de las sombras.

Lo más inquietante era el sonido. A través del blindaje del cristal, llegaba un castañeo rítmico y constante. Los Duendes chocaban sus dientes amarillentos unos contra otros, creando una sinfonía metálica y seca que resonaba en todo el pasillo.

​—Se están comunicando —susurró Daniel, acercándose a duras penas al ventanal—. Ese ruido... es su forma de coordinar la caza. No son solo seis o siete. Han llamado a toda la colonia del Piso -3.

​—Saben que estamos aquí —añadió Zack, desenvainando sus cuchillas con una calma gélida—. No pueden vernos a través del espejo, pero pueden oler la sangre de tu pierna, Daniel. Están esperando a que la puerta se abra o a que el oxígeno se agote.

​Eran cientos. Una marea de garras y colmillos que bloqueaba la única salida hacia el núcleo de energía. Estábamos atrapados en la oficina de un hombre muerto, rodeados por una legión de monstruos que no tenían prisa, porque sabían que el tiempo estaba de su lado.




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