Mounstruos Malditos.

Capítulo 1. ✓

—Si hubiésemos volado ya estaríamos allá —ya había perdido la cuenta de cuántas veces me lo había dicho y como había hecho desde la segunda vez que lo repitió, lo ignoré.

—Todo el mundo nos vería y se escandalizaría de muerte si viese aparecer de la nada y de pronto a dos sujetos del cielo —le había explicado la primera vez que se quejó.

Sé que está incómodo y yo también lo estoy, su cuerpo es tan grande como el mío y ninguno de los dos tiene el suficiente espacio para acomodarse y viajar de manera mínimamente conforme en el carruaje. Como si el traqueteo del coche y el trote constante de los caballos no retumbara hasta lo profundo de mis sentidos haciendo, de ser posible, todavía más hostigoso el camino.

— ¿Crees que aún no tenga una familia hecha? —Pregunta, al cabo de unos minutos, y suena tranquilo aunque haya un filo tenso en su tono—. ¿Qué tal si ella ya es feliz y llegas tú a arrebatarle eso?

La expectación resulta abrumadora, no sería la primera vez que llegó tarde a su vida, hay ocasiones en la que ella ya se ha unido a otro e incluso tenido hijos con él. Pero soy lo suficientemente egoísta para arrancarla de una vida que no le pertenece. Después de todo tampoco sería la primera vez que lo hiciera.

—Ya hice mis averiguaciones y está soltera... Nadie ha pedido su mano a excepción de mí; así que nos vamos a casar —digo más para mí que para él.

—Por supuesto siempre consigues lo que quieres, cuándo quieres —el silencio que le sigue a esa declaración es sepulcral, incluso lamentable—. ¿No es así? —Presiona cuando se convence que no le voy a seguir la puya.

—Si no querías venir conmigo te hubieses quedado en Escocia —medio le gruño entre dientes viendo por la ventana del carruaje. Estoy comenzando a pensar que si hubiera sido mejor llegar a la casa de los Fraser volando en vez de compartir un espacio tan reducido y por tanto tiempo con mi hijo.

Como acto reflejo, estiro las mangas largas del elegante traje en el que me he visto en la obligación de enfundarme. Maldito e incómodo traje.

— ¿Y dejarte hacer el "idiota" a ti solo aquí en Londres? —Alza sus cejas en un gesto acusatorio, además la forma en la que frunce sus labios cuando está molesto resulta una calca directa de su madre recordándomela inevitablemente.

Le sonrió de mala gana. La siguiente parte del torturador y atronador camino lo hacemos sin mediar palabras. A veces tener los sentidos tan desarrollados resulta apabullante. Entre más grande y poblada es una ciudad hay más ruido, más olores... Más con lo que los sentidos pueden distraerse y embotarse.

De no tener que solucionar el problema con los sucubos e incubos que se ha salido de control en Londres y la certeza que ella está aquí, en esta maldita ciudad, seguiría en las tierras altas de Escocia; refundido en mi castillo, siendo sólo el eco de una leyenda entre los lugareños.

—Ya tenemos a Ishtar —es lo único que tiene que decir para captar toda mi atención. Es cuando entiendo qué era aquello que le tenía de tan mal humor—. Está en las mazmorras de la mansión —todo este tiempo había estado reuniendo el valor para decirmelo.

— ¿Dónde estaba nuestra pequeña rata?

—Aquí en Londres, a las afueras de la ciudad; la logramos capturar pero tuvimos muchas bajas humanas, de no ser por Velkan y sus sombras todo se hubiera ido al carajo.

Siento como mis ansias se parten para dejar salir mis colmillos, aquel dolor tan familiar después de los siglos ya no me causa ningún malestar. Lo que un día fue un agónico dolor ahora se ha convertido en un extraño placer.

Dejo mi lengua serpentear sobre ellos, la sensación es una mezcla de dolor con una ferocidad contenida, como si canalizara la rabia que sentía en aquel gesto. La superficie de mis colmillos era suave a mi tacto, pero la presión fue intencional, casi desafiante, hasta que su filo se hundió en mi propia carne. Un corte limpio, inmediato casi a la mitad de la lengua, y luego el sabor metálico de la sangre inundandome la boca, espeso y ardiente como un castigo autoimpuesto.

El corte rápidamente llena el aire con el perfume dulzón de la sangre recién derramada. Las fosas nasales se le dilatan a Marduk al ser consciente del olor sanguinolento. Por un momento le sonrió de lado sin ningún atisbo de diversión, dejando que la herida palpitara por un instante antes de que la carne se cerrara con la rapidez de lo antinatural, con todo lo corrupto que estaba mal en mí.

Como si mi propio cuerpo se negara a recordar el dolor de cuando fui humano, como si la herida jamás hubiera existido, salvo por el regusto metálico en mi lengua ya sanada y la certeza de que, por mucho que sanara mi cuerpo, el mounstro en mi interior nunca lo haría.

— ¿Se pudieron salvar vidas?

— Caín, un pueblo entero ya no existe por Ishtar —entonces se agrega una nueva pieza a mi rompecabezas, no teme por las acciones de su hermanita... tiene miedo por el castigo que yo pueda propinarle—. Los humanos que quedaban estaban apunto de convertirse en sucubos e incubos... Tuvimos que exterminarlos antes que completarán la transformación y fuera muy tarde.

Un nudo de terror me atenaza las entrañas solo de pensar en la posibilidad de que todo Londres se hunda en el caos consumidos hasta los cimientos y, no solo eso, sino también que la situación se me vuelva incontrolable como siglos atrás.

Cuando tuve que volver polvo y ceniza las ciudades que yo mismo había erigido. Mi pueblo, toda mi gente masacrada... Todo mi imperio roído, su historia perdida en el tiempo por causa de aquellos mounstros malditos.

"¿Y si vuelve a pasar lo mismo que en Lagash?" Me niego a considerar la respuesta. "¿O si vuelvo a perder tanta gente como en...?"

Deja de agobiarte antes de tiempo —interrumpe gratamente el hilo de mis pensamientos—. No va a pasar lo mismo que en Atlantis —esta vez, cuando nuestros ojos se encuentran, no me molesto en ocultar el terror que siento.




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