Mr. Penguin

Capítulo X | El Esbirro

Caminaba por un lúgubre escenario, solo escuchaba los tacones golpear el suelo y una versión distorsionada de la canción que mamá y papá bailaron en su aniversario. Era extraño todo lo que estaba pasando, ¿Acaso me había vuelto loca? ¿O el cine estaba jugando con mi mente otra vez?

— Eres un monstruo, eres un monstruo…. —decían las voces de los fantasmas de las víctimas como para hacerme sentir culpa. Ilusos. Yo no sentía culpa por nada.

Frente a mí un rastro de camelias rosas me indicaba la salida: un rectángulo blanco que se abrió de entre el fondo negro. Seguí el rastro y al atravesarlo volví al cuarto, la abertura que crucé fue el casillero que me trajo de vuelta a mi realidad (lo supe porque la base de la cama no tenía colchón). Reparé en que en una mano traía el arma homicida: el hacha de incendios.

El fantasma me daba la espalda con una mano levantada y, sobre ella, la cabeza decapitada de Manolo.

— La vida no es justa, ¿No es así? Tu mismo lo dijiste, Manolo —le decía a la cabeza —. El mundo del cine es una industria cruel. Las estrellas brillan y luego se apagan, y creo que tú te apagaste de la peor manera.

Dejó caer la cabeza que fue tragada por la oscuridad devoradora de cuerpos. Inhaló, exhaló y volteó a verme. Evidentemente, ya no portaba la máscara lo que me permitió apreciar su verdadero rostro… ese rostro familiar… era el mismo de aquel chico… claro, él era Gerardo o, bueno, su fantasma.

— Hola, Gianna, ¿Te divertiste en tu viaje por mis memorias?

— Dímelo tú, Gerardo Revueltas.

— Ay, ese nombre. Hace tiempo que no lo escuchaba. Me trae nostalgia, pena, sufrimiento, los amargos recuerdos de un imbécil destinado al fracaso que voló muy cerca del sol y se quemó.

— No me sorprende. Tenía mis sospechas, pero ya han sido aclaradas —el fantasma guardó silencio—. Así que ahora has venido aquí a hacerte la víctima conmigo, ¿Acaso me mostraste tu pasado para que sintiera lástima por ti?

 — No. Fue para que te enteraras de mi trasfondo porque tenía la certeza de que muy en el fondo querías saberlo. No necesito dar lástima con eso.

— Sí, quería saberlo, pero tu trasfondo solo me hizo ver lo patético que eres. Además, quieres que haga el trabajo sucio, ¿No? Por eso me disté esto —le enseñé el hacha—. ¿Por qué no lo haces tú?

— Porque… quizás aún hay una pequeña parte de mí que sigue enamorada de Roxane. Es un tormento para mí intentar herirla.

— Ves. Eres patético, así de simple. Tú mismo te buscaste lo que te pasó y te lo mereces. Idiota enamorado te moriste e idiota enamorado serás para siempre.

Lo observé con indiferencia que logré intimidarlo. El fantasma bajó la cabeza, se encorvó, se llevó las manos a las sienes y nuevamente entró en crisis.

— Yo… no… no puede ser así… yo…

Me acerqué a él y le susurré fríamente al oído:

— Eres culpable de tu propia desgracia.

— ¿Soy culpable?

— ¡Despierta! ¡Vuelve a la realidad! La hermosa historia de amor se convirtió en pesadilla… —recalqué en la palabra “pesadilla” — y tú la provocaste…

— Soy culpable… —me alejé un poco de él. El fantasma apartó sus manos de sus sienes y me tomó de ambos brazos, clavándome sus largas uñas y manteniendo la cabeza baja—. Eres cruel e insensible. Sé que para ti no valgo nada, soy un cero a la izquierda, un vil objeto para tu disfrute personal. Sé que cuando dijiste que tu amor era mío… mentiste para jugar con mis emociones… pero… aun así… no dejo de amarte… —levantó la cabeza—. Te amo demasiado… —me arañó los brazos.

— ¿Por qué me hieres? —ya sabía la respuesta, pero quería escucharla salir de él.

— Ya te lo dije, porque el amor duele. Estás obligada a sufrir el dolor que trae nuestro amor —puso una mano sobre mi mejilla—. QUIERO-QUE-SUFRAS —separó las palabras mientras me hacía una cicatriz con la uña de su pulgar.

Ni me inmute. Mr. Penguin me liberó y fue a encogerse a un rincón. Ocultó el rostro en la capucha de la túnica y las camelias florecieron a su alrededor.

— El cine es mi prisión y aquí me pudriré.

Ignorando al fantasma, medité acerca del macabro deja vú entre mi realidad y la realidad que el fantasma me mostró. Estaba claro que la historia se estaba repitiendo y que Roxane era una asesina, lo que me hizo asumir que ella tenía en mente hacer lo mismo con papá y cobraba sentido, ¿Por qué el repentino interés de Roxane en él y los deseos de casarse lo más pronto posible? Y, a todo esto, Clementina también resultaba sospechosa, simulando no saber nada y lo peor apoyando el adulterio entre papá y esa perra.

Aunque la verdad no lo quise dar tantas vueltas al asunto y solo estaba buscando razones para poder clavarle el hacha en su cabeza. Quería convertir a Roxane en mi nuevo objeto de estudio y el fantasma lo esperaba. Siempre habían sido mascotas… ahora experimentaría en humanos, pero necesitaba que alguien me trajera a mi nuevo espécimen y, por supuesto, ese alguien era Mr. Penguin.

El fantasma se había encerrado en sí mismo con claras intenciones de no involucrarse por su supuesto tormento, pero aquí mandaba yo y conocía la forma perfecta para obligarlo a hacerlo. Así que me arrodillé próxima a él, solté momentáneamente el hacha y puse mi mano sobre su hombro.




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