Mr. Penguin

Capítulo XII | La Femme Fatale

El fantasma había amarrado de las muñecas y tobillos a Roxane con un pedazo de su túnica. La tenía lista para su ejecución.

— ¡Mr. Penguin! ¡Ven acá! —el fantasma obedeció y se reunió conmigo. Entrelacé mis brazos alrededor de su cuello y le di un beso—. Bien hecho. Te estás ganando a pulso mi amor, pero aún falta para que sea tuyo. Ahora, ¿Podrías hacerme el honor de despertar a la bella durmiente, querido?

— Sí, mi amor.

Retiré mis brazos y entonces Mr. Penguin le propinó una fuerte patada en el rostro a Roxane. Ella se despertó de golpe, escapándosele de su boca un alarido de dolor, y se removió de su lugar. La patada le había rotó la nariz, pero como tenía las manos atadas no pudo detenerse la hemorragia.

— ¿Q-Qué? ¿D-Dónde estoy? —lo primero que vio fue a mí.

— Bienvenida, Roxane. Es un gusto o quizás no tan gusto al fin conocernos —me posicioné frente a ella con los brazos hacia atrás, escondiendo el hacha—. Es obvio que no sabes quién soy, pero supongo que mi apellido se te hará familiar —con eso capté su atención—. Mi nombre es Gianna Bellucci y el hombre con quien sales es mi papá.

— ¿Tú eres la pequeñita de Vittorio? Vaya, eres toda una señorita —su forzado tono de voz simpático me molestó.

— Deja de fingir, Roxane. Ya sé tu secreto.

Los gestos de esa mujer fueron remplazados por los mismos que tenía cuando asesinó a Gerardo, sacando a flote su verdadera personalidad: una mujer soberbia con tendencias homicidas. El vivo retrato del personaje que ella interpretaba.

— Así que los muertos ya te fueron con el chisme, ¿Eh?

— ¿Has tenido contacto con los fantasmas de las víctimas?

— Por supuesto que sí. No eres la única a la que los fantasmas han hostigado con la misma vaina de ser un monstruo que ha herido a terceros.

— Monstruo… ¿Quién realmente eres, Roxane?

— Este cuarto me trae tan buenos recuerdos —Roxane suspiró y examinó a su alrededor. Reparó en el fantasma y enseguida lo reconoció—. ¡Gerardo! No puede ser. Que pequeño es el mundo. Ha pasado mucho tiempo. Recuerdo que la última vez que nos vimos tú estabas…

— Muerto… —completó él.

— Sí… muerto. Quien diría que al final la muerte si nos separó —era tan cínica y arrogante—. Y sigues aferrado a mí que tuviste que secuestrarme y encerrarme en el cuarto donde nuestra historia empezó. ¿Qué pasa, Gerardo? ¿Acaso no puedes superarme? ¿Todavía sigo siendo tu fuente de deseo y lujuria?

El fantasma la observó con desprecio para contestarle secamente:

— No… lo hice porque mi amada me lo pidió.

Roxane se extraño puesto que en su interior tenía arraigada la idea de que Mr. Penguin aún la amaba. No obstante, ese sentimiento ya no existía y él se lo aclaró al abrazarme, y llenar mis mejillas de besos, recalcando en lo muy enamorado que estaba de mí.

— ¿Qué significa esto?

— Significa que ya no soy más tu esclavo. Ahora lo soy de Gianna. Mi único propósito es servirle. Yo no importo, solo ella, solo mi amada Gianna…

La mujer se carcajeó a modo de burla.

— ¿Es enserio, Gerardo? ¿Ahora te dejas manipular por esta niña? Que bajo has caído. No eres ni la sombra de lo que alguna vez fuiste. Gerardo, eres patético, ¡Siempre fuiste un hombre patético! —pero la cayó de un golpe.

— ¡Yo no soy Gerardo! ¡Gerardo está muerto! ¡Yo soy Mr. Penguin ahora!

— Te refugias en el personaje que te dio la fama, pero ya todos sabemos quién eres en realidad… —puso su mirada desafiante y soltó el veneno—. ¿Dónde está tu máscara, fe-nó-me-no?

Colérico, se arrojó sobre ella para golpearla a puñetazos mientras decía “Maldita seas. Maldito sea cada segundo que sigues respirando. Maldito sea el día que te conocí”. Descargó toda su ira y frustración contenida sobre ella.

Y, al igual que como cuando asesinó a Edward, estaba disfrutando esa golpiza, pero no era la única que lo estaba disfrutando ya que esa perra lo estaba haciendo también. Se reía como una desquiciada y pedía más ser agredida como si las agresiones le provocaran una especie de excitación. Pronto su bello rostro de actriz quedó desecho y a ella parecía no importarle.

— ¡Basta! ¡Es suficiente! —exclamé. El fantasma volteó a verme—. No estoy aquí para escuchar sus problemas de pareja poco relevantes para mí, si no para encargarme de la responsable de que estemos aquí así que, ¡Hazte a un lado! ¡Y no interfieras!

Mr. Penguin obedeció y se apartó para permitirme ver como dejó a Roxane.

— Lo siento, mi amor. Lamento estorbar…

— Te tiene bien controlado esa niña —Roxane se reincorporó y escupió sangre—. Las mujeres siempre fueron tu debilidad.

— ¡Silencio! ¡Te había hecho una pregunta! ¡Y no la has respondido!

— ¡Je! Así que me vas a dar la oportunidad de decir mis últimas palabras antes de matarme con el hacha que escondes a tus espaldas.

Ella optó por una actitud burlona como para restregarme en la cara que ella era más astuta que yo, pero intenté mantenerme con la cabeza fría. Quería provocarme. Ya no tenía los brazos hacia atrás y dejé al descubierto el hacha.




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