En la penumbra de su habitación, una alarma rasgó el silencio. Eran las 5:30 de la mañana; el amanecer anunciaba su llegada con un hilo de luz que se colaba por la ventana, tiñendo el polvo en el aire de un gris pálido.
Una mano joven emergió de entre las cobijas y apagó el sonido. Era la mano de un chico de dieciséis años: cabello negro, piel tan pálida que parecía casi traslúcida, y ojos color miel que todavía buscaban el sueño.
—Un nuevo día —murmuró Stiven, y en la comisura de sus labios intentó dibujarse una sonrisa somnolienta que no llegó a cuajar.
—¡Stiven! —gritó una voz desde el pasillo. Sonó ligera, familiar.
—¿Qué pasa, Lily? —respondió él, arrastrando los pies hacia la puerta.
—Mamá dice que te alistes para ir al colegio. Ella está haciendo el desayuno.
—Vale, me baño y bajo.
El olor a tomate y cebolla salteados flotaba por la casa. En la cocina, la madre de Stiven movía la espátula con destreza, mientras una chocolatera humeaba en el fogón. En la mesa, su padre hojeaba el periódico con el ceño fruncido, ajeno al calor doméstico que intentaba mantener la normalidad.
—Amor, escucha esto —dijo su padre, dejando el papel sobre la mesa—: encontraron muerto al reconocido científico que estudiaba virus. Muerte por un golpe en la cabeza con un bate.
La noticia cayó como una piedra en el silencio. Stiven se sentó, sintiendo cómo la atmósfera se volvía más densa.
—¿No era tu compañero en la universidad? —preguntó él, con voz contenida.
—Sí —respondió el padre—. Éramos amigos. Lo último que supe es que había adoptado un niño.
En ese instante, Lily, una niña de ocho años con cabello rojo y ojos azul cielo, entró abrazando su muñeca. Se sentó junto a Stiven y apoyó la cabeza contra su hombro con la confianza ingenua de quien cree que el mundo es seguro.
—¿Cómo van en el colegio? —preguntó el padre, intentando recuperar la tranquilidad de la mañana.
—Bien —contestó Stiven con cierta claridad, porque frente a su familia buscaba ser la versión correcta de sí mismo—. Si todo sale bien, este año termino la secundaria y voy a la universidad. Quiero ser científico, como tú. Seguir tu legado.
—¿Y tú, Lily? —sonrió su madre.
—También voy bien. —La niña habló con dulzura, y en ese gesto hubo una paz frágil, como una hoja que se mantiene en la rama con solo una brisa.
La madre puso los platos sobre la mesa. Comieron en silencio; el ritual parecía sostenerlos, pero debajo de esa calma había algo que ninguno dijo.
El padre de Stiven trabajaba en un laboratorio dentro de la casa. En una de las habitaciones cerradas había frascos, notas, equipos y, sobre una mesa, un proyecto que prometía hacer a los humanos más fuertes: un suero experimental. Él decía que aún no estaba listo; faltaban ajustes, comprobaciones. Sin embargo, la ambición siempre latía en su voz cuando hablaba del futuro.
Esa mañana, frente al colegio, Lily revisó la mochila y le dio un último empujón en la espalda a Stiven.
—Recuerda que hoy salgo temprano. Mamá me recogerá. —Su voz era un recordatorio amable.
—Tienes razón. —Él se sonrió, con esa mezcla de cariño y torpeza que solo los hermanos mayores saben tener—. ¡Ay, Stiven! Siempre se te olvida todo...
—Ay, hermanita, no seas así —respondió él, y por un instante su pecho se ablandó.
El timbre del colegio sonó. Se despidieron con un abrazo breve y cada uno entró a su salón. Stiven cruzó la puerta y, como quien se pone una máscara, volvió a meterse en su papel: el chico correcto, el aplicado, el que no levanta problemas.
La clase era un murmullo monótono. Él dejó que sus pensamientos flotaran, hasta que unos susurros en la esquina del aula le clavaron la mirada.
—Te juro que lo vi…
—¡Pura mierda! Estás viendo demasiado anime.
—No, en el bosque. Era una sombra larga, con tentáculos. Se movía entre los árboles.
Stiven sintió una punzada de desprecio. Aquellas historias —los creepypastas, los relatos de internet— siempre le habían parecido basura. Pero la rabia que le recorrió no era solo contra las historias: era contra quienes, en su mente, usaban el dolor como excusa para ser monstruos.
Si existieran de verdad… los mataría. Les devolvería el daño que creen merecer, pensó, con la sangre calentándose detrás de las sienes.
Al salir del colegio, un rugido de sirena rompió la tarde. Un camión de bomberos cruzó veloz, dirección a su barrio. Un mal presentimiento lo atravesó. Corrió.
Al llegar, la casa estaba rodeada por una multitud y el humo que escapaba por las ventanas teñía el cielo de gris oscuro. El fuego había devorado lo que conocía. La gente murmuraba, atónita. Un bombero, todavía con hollín en la cara, le dio la peor respuesta.
—Lo siento, joven. Fue provocado. No hubo sobrevivientes. Había una pareja dentro.
Stiven sintió que el mundo se fracturaba en su interior. Se acercó, temblando, buscando con la mirada a Lily.
—¿No había una niña pelirroja? —preguntó con voz quebrada.
—No encontramos a nadie más.
Cayó de rodillas. El aire le faltó. Los recuerdos se agolparon: el olor del chocolate de la mañana, la risa de su hermana, las manos de su padre sobre el microscopio. Todo convertido en ceniza.
—¡No! —gritó hacia el cielo, como si con eso pudiera detener lo que ya había ocurrido—. ¡No puede ser! ¡Mi vida… se ha ido al carajo!
Los ojos se le inundaron de odio, y de ese odio nació una promesa gélida, pura en su decisión.
—Voy a encontrar al que hizo esto —susurró, cada palabra una daga—. Y lo haré pagar. Él… tiene a mi hermana.
La promesa resonó en la garganta de Stiven mientras el humo subía y las sirenas continuaban su canto distante. En su pecho, algo cambió: la inocencia se resquebrajó, y en su lugar asomó una determinación que lo marcaría para siempre.