Mr Psycho la venganza contra los Creepypastas

CAPITULO 2 -EL NACIMIENTO DE MR. PSYCHO

La tierra todavía olía a humo y carbón. Frente a dos lápidas recién cubiertas, Stiven estuvo de rodillas mucho tiempo, como si el peso del mundo se apoyara sobre sus hombros. Vestía completamente de negro; su rostro se había adelgazado, los ojos le brillaban con un fuego seco y la mirada perdía su centro entre la tristeza y algo que ya no quería llamarse dolor, sino hambre.

-¿Quién fue el responsable de esto? ¿Y... dónde está mi hermana? -susurró, la voz hecha jirones-. Si quiero venganza, necesito primero saber quién lo hizo... y segundo, necesito ser más fuerte.

Se incorporó con esfuerzo. Cada paso hacia las ruinas del laboratorio de su padre resonaba en su cabeza como un latido metálico. El lugar que alguna vez olió a desinfectante y promesas ahora era un esqueleto de vigas retorcidas y cenizas que aún flotaban en el aire. Sobre una mesa chamuscada, papeles y probetas se habían mezclado con la derrota.

-El suero -se dijo al ver la caja fuerte medio enterrada entre los escombros-. Lo único que sé es que el suero está en su caja fuerte.

Apenas pronunció esas palabras, algo lo rozó por la espalda. Un frío húmedo y potente lo envolvió: un tentáculo negro se cerró alrededor de su cuello y lo levantó del suelo. El mundo se volvió un tambor sordo, y frente a él emergió una figura alta, envuelta en negro. Su rostro era una máscara blanca e inerte; parecía no tener ojos, boca ni nariz. Tres tentáculos brotaban a cada lado de su espalda, ondulando como sombras vivas.

-¡No... no! ¡Tú no eres real! ¡Esto no puede estar pasando! -gritó Stiven, la voz quebrada por el terror.

El ser no respondió con palabras. Levantó otro tentáculo y, con una precisión inexplicable, acercó al rostro de Stiven un trozo de vidrio. Lo rozó con calma, como quien pela una fruta. El frío del filo mordió la piel bajo su ojo izquierdo; el dolor fue puro, animal. Un pedazo de carne cedió. El grito de Stiven desgarró la barrera del silencio, pero el mundo parecía sordamente indiferente.

El monstruo sacó una nota del interior de su traje y la dejó caer dentro del bolsillo de Stiven. Después, con una fuerza que partía hasta los huesos, lo lanzó contra una pared caída. Todo se tornó negro.

Cuando despertó, el día se inclinaba hacia la tarde. El dolor le ardía en la mejilla; la cabeza le latía como tambor. Respiraba con dificultad, cada inhalación era una punzada. Notó la humedad del suelo en sus manos y, con dedos temblorosos, buscó en su ropa hasta que encontró la nota.

> Si quieres a tu hermana, ven por ella.
Tanto odio le tienes a los creepypastas... y somos tan reales como tú.
¿Matamos gente? Sí. Es nuestra forma de sacar el dolor.
Tú no sabes lo que es ser rechazado solo por ser diferente.
¿Quieres venganza? Adelante. Mátanos a todos.
Si puedes.
Y cuando lo hagas... serás uno de los nuestros.
Con cariño,
Tu amigo,
Slenderman.

Las palabras se clavaron en su pecho. Ira, incredulidad, humillación: todo se mezcló hasta formar una furia líquida que le recorrió las venas.

-¡Ese hijo de puta! -dijo, apretando el papel hasta que las líneas temblaron-. Se creen invencibles. Pero no soy como ellos. No voy a descansar hasta ver sin cabezas.

Buscó entre los restos y, arrastrándose casi a gatas, logró abrir la caja fuerte. La contraseña le vino como un golpe de memoria: la fecha del aniversario de sus padres, 16-03-1990. El pestillo cedió con un clic metálico. Dentro, protegido por un forro limpio, había un frasco con un líquido verdoso, una jeringa y una nota breve.

> Todavía no está listo.

La claridad en su mirada fue como un disparo. No importaba que no estuviera listo. No importaba si lo mataba. La idea de rendirse se le hizo insoportable.

Con manos que no temblaban por miedo sino por decisión, llenó la jeringa y la clavó en su brazo. Un ardor se extendió por sus venas como si incendiaran sus entrañas. Cayó de rodillas. El mundo giró. Lágrimas -rojas, brillantes- asomaron en sus ojos. Su piel palideció hasta parecer ceniza; los músculos se tensaron y crecieron bajo la piel como si la noche los empujara a tomar forma. Su mente, lejos de perderse, adquirió una lucidez fría: cada pensamiento era nítido, calculador, listo para el filo.

-Ahora soy más fuerte -murmuró, y la sonrisa que se le marcó era afilada, torcida, sin piedad-. Necesito un arma que haga cortes limpios... una katana.

Esa noche se paró en la oscuridad frente a la tienda de katanas del barrio. Esperó a que cerraran. Cuando la vidriera oscureció, lanzó una piedra y el cristal estalló en lluvia fina. La alarma aulló, pero a él le daba igual: la prisa palpitaba dentro suyo.

Dentro, entre destellos de metal, encontró lo que buscaba: una katana negra, afilada, en su estuche. Rompió la vitrina con el puño, tomó la espada y la desenfundó. Su reflejo en la hoja le devolvió la nueva marca en su mejilla; la cicatriz que le había dejado la criatura era ahora el sello que lo convertía en otra cosa.

La sirena de la policía se acercó como un rugido lejana. Stiven no miró atrás. Corrió por calles oscuras hasta llegar a las ruinas de su casa. Respiró la ceniza como si fuera promesa.

-Necesito un nombre -dijo entre jadeos, la voz templada por la locura y la finalidad-. Sí... Mr. Psycho. Suena perfecto.

Se permitió una risa breve, sin alegría, cortante.

-Mr. Psycho -repitió, sintiendo cómo cada sílaba pesaba como un juramento-. La venganza contra los creepypastas comienza ahora. No lo haré solo.

Alzó la mirada hacia la luna, que parecía vigilar desde lo alto como un ojo helado. En su interior germinó la idea de buscar aliados, otros que sintieran la misma herida, la misma rabia. Juntos harían arder a quienes se escondían en historias.

El fuego que le había arrancado la familia no se apagaría fácil. Algo en él ya había cambiado para siempre: la pérdida había dejado un hueco que ahora llenaba la sed de justicia y la promesa de sangre. Mientras la noche lo envolvía, Stiven -Mr. Psycho- comenzó a imaginar a los rostros de aquellos que le haría pagar.




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