Escribo con el pulso acelerado,
con esta urgencia de vaciar las venas sobre el papel,
porque a veces el silencio pesa más que la existencia.
Te miro y el mundo se detiene en un ángulo preciso:
ojos rasgados, muy bonito para ser cierto,
una línea que divide lo que sueño de lo que toco,
mientras el aire se vuelve denso entre nosotros.
Hay una calamidad de sentimientos que no siento,
un eco que rebota en las paredes de mi pecho,
buscando una salida que no sea el olvido.
Te busco como quien busca una cura,
el médico para mi tratamiento,
la dosis exacta de realidad que me devuelva la piel.
Quiero sentirte pero no me siento, ¿me sientes tú? ¿O solo somos dos sombras intentando encajar en un verso?.
A veces la pluma pesa más que la memoria.
Miro al cielo y susurro al viento lo que el alma calla:
Abuela, siéntete orgullosa de tu nieta,
que escribe aunque esté ahogándose en un mar de recuerdos,
en donde todavía estás tú con vida,
con esa risa que era mi único refugio seguro.
Mi sangre es esta tinta que hoy te entrego,
fresca, caótica, honesta.
Dime si entre estas letras encuentras un motivo,
si el rastro de mi historia es suficiente
para que decidas, finalmente, quedarte.