Abuela, hoy te escribo desde este lado del tiempo,
con las manos llenas de tinta y el corazón más ligero.
Tengo que pedirte perdón, con la voz un poco quebrada,
por haberme perdido en los brazos de un monstruo,
por dejar que sus sombras me dibujaran heridas
que tardaron inviernos enteros en cerrar.
Pero escucha, entre tanto dolor floreció algo eterno:
esas cicatrices se volvieron letras, y las penas, capítulos.
He levantado un libro sobre las cenizas de lo que sufrí,
un objeto físico que ahora puedo sostener contra el pecho,
y aunque el proceso fue un incendio, estoy feliz,
porque al fin mi historia me pertenece solo a mí.
Te prometo que iré a verte, aunque me cueste el alma.
Sé que juré no pisar de nuevo aquel pueblo,
donde la última persona que me tomó de la mano
se encargó de quemar cada calle y cada puente que conocíamos.
Pero volveré, caminaré sobre los restos de lo que fue
solo para salvar nuestros recuerdos del olvido,
porque tú sigues allí, en el aire que huele a tierra mojada.
Si pudieras ver a mis sobrinos, están tan grandes,
tienen esa chispa en los ojos que tú tanto amabas.
Espero pronto sentarme frente a tu piedra y leerte en voz alta
los cuentos que escribí para ellos, para que no olviden
que la magia existe, incluso cuando el mundo parece gris.
Me he cerrado al amor, abuela; ya no dejo que nadie pase.
He levantado muros que solo la escritura sabe saltar,
y mi único deseo es seguir adelante, firme y entera,
porque sé que eso es lo que tú esperarías de tu nieta.
Gracias por haberme cuidado cuando era pequeña,
por ser el refugio donde aprendí a ser valiente.
Este libro es por ti, por mí, y por todo lo que sobrevivimos.