Cierro los ojos y el eco de un juego lejano me alcanza,
cuando la vida cabía entera en el hueco de mis manos
y corría de la mano de una inocencia que no sabía de inviernos.
Era dueña de los charcos, de los árboles y del viento,
una pequeña gigante habitando un reino de azúcar y arena,
sin saber que el tiempo es un ladrón que no devuelve lo que se lleva.
Quizás no me detuve a mirar el sol con suficiente calma,
quizás di por sentado que el refugio de aquel abrazo sería eterno;
no valoré el peso pluma de un corazón que no conocía la carga,
ni la risa que brotaba sin permiso, sin miedo y sin freno.
Fui rica en instantes que hoy me parecen leyendas,
tesoros que dejé tirados en el camino mientras buscaba crecer.
Ahora, frente al espejo de los años, solo me queda el suspiro,
ese aire que sale cargado de nombres que ya no pronuncio.
Miro mis manos de adulta y extraño la piel de la niña que fui,
mientras camino por ciudades de asfalto añorando el aroma a campo,
buscando en los rostros ajenos un rastro de aquella paz perdida,
un refugio donde la madurez no sea una armadura tan pesada.
Anhelo, con una sed que me quema los versos,
un amor que no pida explicaciones, sino que entienda mis silencios.
Alguien que comprenda que dentro de esta mujer que escribe
todavía vive una niña asustada que solo quiere ser vista,
que me ame por lo que soy, con mis grietas y mis cuentos,
y me devuelva, aunque sea un instante, la fe en que alguien me cuida.