Entrada a Emergencias: 02:44 horas.
El sonido de la camilla corta el pasillo,
un ritmo metálico de urgencia innecesaria.
Usted prepara el bisturí, doctor,
ajusta la lámpara quirúrgica sobre el torso
donde el rojo todavía dicta la pauta del pulso.
Observo los bordes de las incisiones,
son cortes limpios, pero el acero fue romo.
Usted busca hemorragias internas,
un bazo roto, un pulmón colapsado por el impacto.
Yo busco el origen del frío.
—Mire las pupilas, doctor— le digo,
mientras usted cuenta las suturas necesarias.
No hay dilatación ante la luz de su linterna,
hay una fosa donde debería haber un iris.
El diagnóstico no está en la piel abierta,
ni en la presión que cae por la escala de la lógica.
La patología es la traición.
Usted intenta detener la salida de sangre,
pero el drenaje real ocurre detrás del esternón,
en ese espacio donde el lenguaje se vuelve mudo.
Esa persona que ve ahí, temblando bajo la manta,
no padece por los golpes que usted puede nombrar.
Sufre porque la arquitectura de su confianza
fue demolida por quien juró habitarla.
Es una necrosis del afecto:
le dijeron "amor" mientras le extraían el aire,
le prometieron puerto y solo eran naufragio.
Nadie en esta sala de espera entiende la frecuencia
en la que late su desolación.
Para ellos es un cuerpo roto;
para mí es un eco vacío.
Guarde el hilo de seda, doctor.
No hay sutura en su maletín
que pueda cerrar el tajo de una mentira
que se hizo pasar por hogar.