El reloj marca los veinte, un muro de cemento
que separa el patio de recreo de la acera fría.
Atrás quedaron las rodillas raspadas por el asfalto,
sustituidas ahora por una herida que no cierra,
una incisión profunda en el centro de la memoria.
Todavía busco el escondite, el árbol, la rayuela,
pero mis manos ya no alcanzan la tiza del suelo.
Pienso en colores, en globos, en cuentos de antes,
mientras el mundo me empuja hacia un altar vacío,
hacia promesas de anillos y hogares de cartón.
No creo en el amor; es un idioma que olvidé.
Me hablaron de afecto mientras sostenían el bisturí,
y lo que vino después fue una intervención en vivo,
una cirugía de alma abierta, sin anestesia.
Siento el metal frío recorriendo mis recuerdos,
extrayendo la confianza como si fuera un tumor,
dejando en su lugar la calma.
Me dicen que debo sentir, que debo abrir las puertas,
pero mi mente se ha sentado en el suelo, agotada.
Ya no quiero jugar a las damas ni a los soldados,
solo quiero reconstruir los trozos que dejaron,
ser mejor que la huella del daño que me habita.
Quisiera llorar como antes, con la fuerza de un niño,
pero el mecanismo se ha cansado de tanto girar.
Soy una niña atrapada en una estatua de veinte años,
mirando por la ventana un parque que ya no me reconoce,
esperando que el silencio, al fin, termine de sanar.