Soy un laberinto de espejos rotos,
un incendio que intenta beberse el mar.
Todo empezó en aquel consultorio de paredes blancas,
donde un extraño le puso nombre a mi caos
mientras yo solo quería escapar de mi propia piel.
Fue raro, frío, como si me leyeran las instrucciones
de un juguete que vino roto de fábrica.
Pero luego vino el silencio, esa paz mentirosa,
y creí que las grietas se habían cerrado solas.
Dejé las pastillas, dejé las citas, baje la guardia,
pensando que el monstruo se había quedado dormido,
sin entender que esto no es una gripe que se cura,
sino una sombra que camina conmigo.
Ahora vivo en la espera.
Quizás en una hora el mundo se vuelva de colores,
la risa me estalle en el pecho como un sol ciego
y sienta que puedo tocar las nubes con las uñas.
Pero es una trampa.
Sé que la ansiedad ya está afilando sus dientes,
lista para enredarse en mi garganta,
para hacerme temblar hasta que los huesos me pesen.
Y de pronto, el fuego.
Una ira que no tiene rostro ni motivo,
un volcán que me quema por dentro y arrasa con lo que amo,
dejando solo cenizas y un perdón que ya no alcanza.
Lo más triste no es el dolor,
es este vacío que se siente como un hambre eterna.
No quiero ser yo, esta mujer de cristal y dinamita.
Quiero sentir, pero a veces soy un desierto de hielo.
Mírame, soy una herida que ha aprendido a escribir,
intentando explicarte que no estoy loca,
solo estoy cansada de naufragar en un vaso de agua
y de ser la única sobreviviente de una guerra
que ocurre todos los días, justo detrás de mis ojos.
A veces me preguntan por qué escribo,
y no saben que cada letra es un punto de sutura,
un intento desesperado de no desangrarme en público.
Mírame las manos, no están manchadas de tinta,
están manchadas de los pedazos que se caen de mí
cada vez que el viento cambia de dirección.
Mañana volveré a ser la extraña en el espejo,
la que no reconoce el nombre que lleva puesto,
la que pide perdón por existir con demasiada fuerza.
Porque amarle a ella es caminar sobre brasas,
pero habitarla... habitarla es ser el incendio y el miedo al agua.
No busco que me entiendas,
el abismo no se explica, solo se contempla.
Solo pido que, cuando el hielo me congele el alma,
no intentes encenderme,
solo quédate cerca hasta que aprenda, una vez más,
a respirar entre las ruinas de este cuerpo
que nunca pidió ser su propio campo de batalla.
Me pregunto cuántas muertes caben en una sola vida,
cuántas veces tendré que nacer de mis propios escombros
antes de que la tierra deje de moverse bajo mis pies.
Soy una experta en despedidas que nunca ocurren,
diciéndole adiós a versiones de mí que se pierden
en el trayecto de un latido a otro.
Ayer fui roca, hoy soy humo y mañana seré solo un eco.
Cierro los ojos y rezo por un equilibrio que no sea una cuerda floja,
por una calma que no se sienta como el preludio de un desastre.
Pero el monstruo es paciente, se alimenta de mi silencio
y me susurra al oído que la normalidad es un idioma que nunca hablaré.
Si me ves callada, no es que no tenga nada que decir,
es que estoy sujetando las paredes para que no se desplomen.
Si me ves correr, no huyo de ti, huyo de la sombra
que lleva mi rostro y conoce todos mis escondites.
Al final, solo queda esta pluma como único faro,
estirando el dolor hasta convertirlo en algo que rime,
porque si no puedo curar el caos, al menos lo haré eterno.
Aquí estoy, descalza sobre mis propios pedazos,
esperando que alguien lea esta herida abierta
y, por un segundo, no sienta tanto frío.