Camino por la costra de sal que el mundo ha dejado olvidada,
donde la arena es un espejo roto bajo mis pies descalzos.
Esta playa no tiene nombre, no tiene testigos,
solo el grito sordo de las gaviotas que parecen entender
que hoy no soy más que un cuerpo tratando de habitarse.
Los recuerdos llegan como la marea:
golpean mis tobillos con la fuerza de lo que no pudo ser,
y luego retroceden, dejándome fría,
arrastrando entre la espuma los fragmentos de un "nosotros"
que ya no reconoce su propio reflejo.
Van y vienen, rítmicos, crueles,
una danza de sombras que se disuelven en el horizonte
mientras yo me quedo aquí, estática,
aprendiendo a respirar el aire que antes me faltaba.
Hay una paz extraña, una tregua en el centro de mi pecho.
Es la tranquilidad de mi propia mente,
un santuario de cristal donde por fin he bajado las armas.
Ya no busco rescates ni espero barcos que nunca zarparon;
disfruto el silencio de no tener que explicar mi tristeza,
la libertad de ser, por fin, mi propio refugio.
Pero este amor propio no es un campo de flores,
es una hoguera que quema las malezas para dejar espacio.
Me estoy amando, sí, con una ferocidad nueva,
recorriendo mis cicatrices como quien lee un mapa sagrado,
pero duele como los mil infiernos.
Duele soltar las manos que me soltaron primero,
duele aceptar que mi valor no dependía de nadie más,
duele la soledad de ser mi propia salvación.
Aquí, frente a la inmensidad del agua,
soy la tormenta y el muelle,
la herida abierta y la mano que la venda,
amándome entre llamas,
mientras el mar sigue su curso, indiferente y eterno.