Verano: ese preciso momento en el que el calor empapa la piel de sudor. Es en esos días cuando mis manos sudan, pero siento más frío en el corazón.
Mis pies necesitan un giro, un espacio donde practicar un baile cualquiera que me haga sentir; al menos, sentir un poco de lo que ahora mismo no siento.
No me gusta el verano, no acompaña mis sentimientos. El frío me cobija cuando el calor ahoga los recuerdos que una vez viví.
Y es que no quiero vivir en el calor de los recuerdos, sino en el frío de un presente solitario; porque aunque sea solitario y doloroso, con el kanji del amor tatuado en mi piel, lo soporto todo... un poco, solo un poco.
Desesperante es el calor, como la soledad de no tener a nadie al lado.
Pero refrescante, como el agua fría, es saber que me amaré a mí misma.
Pase lo que pase, cueste lo que cueste.
Sin embargo, cargo con esta soledad dolorosa, esa en la que nadie te comprende. Y quizás sea mi mente la que cruelmente juega conmigo, diciéndome que no soy capaz de quererme ni siquiera por unos minutos.
Últimamente no estoy sintiendo nada, ni frío ni calor. Estoy perdiendo el valor de mi existencia.