Hoy la morgue está llena; hay cuerpos tirados hasta en el suelo, pero... no están muertos, aunque quieren morir.
Entre esos cuerpos se encuentra el mío; a diferencia de los demás, yo estoy en una camilla y hay personas preocupadas a mi alrededor.
Ellas gritan, me culpan, me juzgan, me humillan, me desprecian, pero ninguna de ellas me cura.
Me levanto y camino hacia una esquina; todos deciden tomarme como el ejemplo de alguien que no tiene ningún valor.
«¿Quién te querrá? Eres difícil de querer. Tu comportamiento es raro. Eres un monstruo. No escribas eso. Eso está mal. No es para tanto. No podrás con eso».
Malditos, después no se quejen cuando los asesine en mi mente y tenga que volver a ese cuarto médico.
Es que todavía no lo entiendes: una muerte cerebral es así; ataca tu mente, no tu corazón, porque ella sabe que el corazón no siente.
Si ataca a tu corazón, te mata. Por eso prefiere ver tus ojos muertos mientras todavía respiras.