El amor que tú me das es diferente a todos los demás: me levantas, me dices que no le tenga miedo al mundo. Me das calor cuando tengo frío y, si en las noches tengo pesadillas, te quedas conmigo.
«¿Dónde está ella?». No, de ella no se habla en casa.
Soy tu polluelo mojado por el frío, que cuidas aunque haya crecido.
Y cuando te miro y me doy cuenta de las canas esas que, sin permiso, cubren tu cabellera, me da tanta rabia que sería capaz de tomar una espada y luchar contra la vejez, para que tú sobrevivas a ella.
Porque no sería capaz de estar sola, pero sola sin ti. No me imagino un ataúd, ni que tus ojos no me miren, ni que tu voz sea silenciada por el vacío.
Entonces lucharé en las noches con tus arrugas y tus canas, para que te quedes joven y nunca te vayas.
Él es mi sensei, el maestro que me enseñó a luchar con el complejo y el miedo.
Mi sensei ya está viejo.
Él me mostró cómo caminar, me cuidó en la enfermedad y me enseñó el poder de saber amar.
Ahora que ha pasado el tiempo, me toca cuidar a mi sensei después de viejo, para que nunca olvide nuestros recuerdos.
Gracias, papá; fuiste el mejor sensei.
Viajando solo tú y yo por el mundo, mientras me enseñabas a crecer.